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Examen de Lengua Castellana y Literatura II Selectividad Cataluña 2024 · Juny Serie 5
Examen de Lengua Castellana y Literatura II de Selectividad de Cataluña (PAU/Selectivitat) 2024, Juny Serie 5: 10 problemas con solución. Gratis.
Temas del examen: Comprensión lectora · Sinónimos · Pronombres · Figuras retóricas · Lectura · Incorreciones · Sintaxis · Pares mínimos · Redacción
Opción A - 1.1 · Comprensión lectora
Es lo malo de las expectativas, sobre todo cuando son tan altas como las que yo puse cuando comencé la nueva carrera. La realidad, aunque siempre se vea superada por la ficción, y este relato es la prueba más evidente de ello, al final termina imponiéndose a los deseos. Fue lo que a mí me sucedió. No sé qué esperaba descubrir en las aulas de aquel edificio horrible, de cemento tan gris como el aspecto de los profesores que daban allí clase. Quizá el problema fuera mi descontrolada imaginación, nutrida a base de demasiadas novelas, demasiadas películas, demasiadas historias en las que los periodistas eran personajes cultos e intrépidos que se pasaban el día escribiendo. Nada parecido a lo que me encontré, claro. Pero, superada la decepción inicial y recordándome constantemente que aquella carrera era el medio, no el fin, conseguí sobrellevarlo hasta convertirlo en una rutina más. Cuando mis abuelos me preguntaban si estaba contenta, después de lo que había hecho por mí Vito el de la Pura, yo les decía que estaba encantada, y con esa mentira piadosa tranquilizaba mi conciencia y los dejaba a ellos satisfechos de haber cumplido con el deber de cuidarme. Además, aprobar las distintas asignaturas no me costaba trabajo, por lo que me sobraba tiempo para todo lo demás, que era lo que de verdad me importaba.
Como en la facultad tenía turno de tarde, cada día me levantaba bien temprano y me pasaba toda la mañana escribiendo. Cuando, siendo solo una niña que empezaba a garabatear, redacté mis primeros cuentos, recuerdo que guardaba las cuartillas en los pesados tomos de la Enciclopedia Larousse que formaban parte de la biblioteca de Filomena. No es que temiera que mis abuelos los encontraran. Es más, estaba deseando que lo hicieran. Entonces, la escritura era solo una diversión, una especie de escondite al que jugaba yo sola y en el que me guarecía cuando la realidad que me veía obligada a habitar no me gustaba. Con el tiempo, fui acumulando cuadernos llenos de historias, algunas verídicas y otras realmente inventadas, en las estanterías del cuarto que compartía con Clara en el piso de Marcelo Usera. Y cuando mi madre instaló, en mitad del salón, un ordenador por recomendación de un novio que trabajaba en IBM, empecé a trasladar todas esas narraciones, y muchas más, a cientos de folios. Siempre durante el día. Por la noche era incapaz de escribir, las palabras no me salían, así que leía con fruición antes de meterme en la cama. En esa época releí más que nunca en mi vida. Seguía descubriendo libros, autores..., pero en aquel momento la relectura fue mi fuente primordial de placer. Volví a Thomas Mann, a Philip Larkin, a Scott Fitzgerald, a Jo y sus Mujercitas, a las hermanas Brontë, a Cortázar y su Maga, a Laforet y su Andrea... Fue como reencontrarme con todos esos viejos amigos a los que había conocido gracias a Filomena y a los que ahora entendía más y mejor, porque ya sabía lo que buscaba en sus páginas: la cadencia de mi propia escritura.
Pero no vivía solo a través de la literatura. También solía ir a la filmoteca varias veces por semana con Marta y acudía a los conciertos que en aquella época se celebraban en un colegio mayor que llevaba por nombre el de uno de los doce apóstoles. Fue allí donde conocí a Ismael. Recuerdo que lo primero que pensé al verlo, en mitad de una densa nube de humo cargada de alcohol de garrafón y olor a sudor rancio, fue que me chocaba encontrarme allí con alguien como él, con su aspecto. Por la forma en la que se movía, perdido en aquel ambiente de universitarios progres pero estirados y con tendencia a mirar por encima del hombro, se notaba que no encajaba, no estaba a gusto.
Seguí su recorrido hasta la barra, en la que se acodó junto con dos chicos y dos chicas que parecían extranjeras. Por su forma de vestir, pantalón vaquero, deportivas y sudadera, estaba claro que la ropa le importaba un pepino. Esa apariencia, más bien anodina, no lograba eclipsar la inocencia que desprendía su rostro, y eso que ya se podían apreciar las primeras arrugas que comenzaban a surcar su frente, seguramente de tanto fruncir el entrecejo. Me fijé en sus ojos. Desde donde yo estaba no podía identificar su color —después, cuando estuve cerca de él, descubrí que eran grisáceos—, pero había algo en ellos que me intrigaba. Parecían querer esquivar a su propia mirada, como si le diera miedo, o más bien reparo, observar el mundo a su alrededor, medroso, seguramente, de encontrarse con personalidades como la mía. No es una descripción objetiva. Pero es que con Ismael nunca podré ser lo. Me lo he negado muchas veces en todo este tiempo, necia en mi obstinación de evitar el dolor, propio y ajeno, pero ahora tengo claro que cuando lo vi aquella noche supe que mi propósito de no ceder ni someterme al amor romántico y sus consecuencias, fruto de la convivencia con mis padres durante años, se había ido al garete. Sin buscarlo, como siempre sucede, sucumbí a una de las formas más literarias del querer: la que se experimenta a primera vista.
Inés MARTÍN RODRIGO. Las formas del querer. Barcelona: Ediciones Destino, 2022, pp. 347-350
1. Comprensión lectora
1.1. Resuma el texto que ha leído sin reproducir frases de este. Utilice para ello un máximo de cincuenta palabras. [1 punto]
Opción A - 1.2 · Sinónimos
Es lo malo de las expectativas, sobre todo cuando son tan altas como las que yo puse cuando comencé la nueva carrera. La realidad, aunque siempre se vea superada por la ficción, y este relato es la prueba más evidente de ello, al final termina imponiéndose a los deseos. Fue lo que a mí me sucedió. No sé qué esperaba descubrir en las aulas de aquel edificio horrible, de cemento tan gris como el aspecto de los profesores que daban allí clase. Quizá el problema fuera mi descontrolada imaginación, nutrida a base de demasiadas novelas, demasiadas películas, demasiadas historias en las que los periodistas eran personajes cultos e intrépidos que se pasaban el día escribiendo. Nada parecido a lo que me encontré, claro. Pero, superada la decepción inicial y recordándome constantemente que aquella carrera era el medio, no el fin, conseguí sobrellevarlo hasta convertirlo en una rutina más. Cuando mis abuelos me preguntaban si estaba contenta, después de lo que había hecho por mí Vito el de la Pura, yo les decía que estaba encantada, y con esa mentira piadosa tranquilizaba mi conciencia y los dejaba a ellos satisfechos de haber cumplido con el deber de cuidarme. Además, aprobar las distintas asignaturas no me costaba trabajo, por lo que me sobraba tiempo para todo lo demás, que era lo que de verdad me importaba.
Como en la facultad tenía turno de tarde, cada día me levantaba bien temprano y me pasaba toda la mañana escribiendo. Cuando, siendo solo una niña que empezaba a garabatear, redacté mis primeros cuentos, recuerdo que guardaba las cuartillas en los pesados tomos de la Enciclopedia Larousse que formaban parte de la biblioteca de Filomena. No es que temiera que mis abuelos los encontraran. Es más, estaba deseando que lo hicieran. Entonces, la escritura era solo una diversión, una especie de escondite al que jugaba yo sola y en el que me guarecía cuando la realidad que me veía obligada a habitar no me gustaba. Con el tiempo, fui acumulando cuadernos llenos de historias, algunas verídicas y otras realmente inventadas, en las estanterías del cuarto que compartía con Clara en el piso de Marcelo Usera. Y cuando mi madre instaló, en mitad del salón, un ordenador por recomendación de un novio que trabajaba en IBM, empecé a trasladar todas esas narraciones, y muchas más, a cientos de folios. Siempre durante el día. Por la noche era incapaz de escribir, las palabras no me salían, así que leía con fruición antes de meterme en la cama. En esa época releí más que nunca en mi vida. Seguía descubriendo libros, autores..., pero en aquel momento la relectura fue mi fuente primordial de placer. Volví a Thomas Mann, a Philip Larkin, a Scott Fitzgerald, a Jo y sus Mujercitas, a las hermanas Brontë, a Cortázar y su Maga, a Laforet y su Andrea... Fue como reencontrarme con todos esos viejos amigos a los que había conocido gracias a Filomena y a los que ahora entendía más y mejor, porque ya sabía lo que buscaba en sus páginas: la cadencia de mi propia escritura.
Pero no vivía solo a través de la literatura. También solía ir a la filmoteca varias veces por semana con Marta y acudía a los conciertos que en aquella época se celebraban en un colegio mayor que llevaba por nombre el de uno de los doce apóstoles. Fue allí donde conocí a Ismael. Recuerdo que lo primero que pensé al verlo, en mitad de una densa nube de humo cargada de alcohol de garrafón y olor a sudor rancio, fue que me chocaba encontrarme allí con alguien como él, con su aspecto. Por la forma en la que se movía, perdido en aquel ambiente de universitarios progres pero estirados y con tendencia a mirar por encima del hombro, se notaba que no encajaba, no estaba a gusto.
Seguí su recorrido hasta la barra, en la que se acodó junto con dos chicos y dos chicas que parecían extranjeras. Por su forma de vestir, pantalón vaquero, deportivas y sudadera, estaba claro que la ropa le importaba un pepino. Esa apariencia, más bien anodina, no lograba eclipsar la inocencia que desprendía su rostro, y eso que ya se podían apreciar las primeras arrugas que comenzaban a surcar su frente, seguramente de tanto fruncir el entrecejo. Me fijé en sus ojos. Desde donde yo estaba no podía identificar su color —después, cuando estuve cerca de él, descubrí que eran grisáceos—, pero había algo en ellos que me intrigaba. Parecían querer esquivar a su propia mirada, como si le diera miedo, o más bien reparo, observar el mundo a su alrededor, medroso, seguramente, de encontrarse con personalidades como la mía. No es una descripción objetiva. Pero es que con Ismael nunca podré ser lo. Me lo he negado muchas veces en todo este tiempo, necia en mi obstinación de evitar el dolor, propio y ajeno, pero ahora tengo claro que cuando lo vi aquella noche supe que mi propósito de no ceder ni someterme al amor romántico y sus consecuencias, fruto de la convivencia con mis padres durante años, se había ido al garete. Sin buscarlo, como siempre sucede, sucumbí a una de las formas más literarias del querer: la que se experimenta a primera vista.
Inés MARTÍN RODRIGO. Las formas del querer. Barcelona: Ediciones Destino, 2022, pp. 347-350
1. Comprensión lectora
1.2. Señale qué serie, de las cuatro que se proponen, es la única correcta para sustituir todas las palabras siguientes, subrayadas en el texto: guarecía, fruición, cadencia, medroso. [0,5 puntos. Si la respuesta es errónea, se descontarán 0,15 puntos; si no responde a la pregunta, no se aplicará ningún descuento.]
Opción A - 1.3 · Pronombres
Es lo malo de las expectativas, sobre todo cuando son tan altas como las que yo puse cuando comencé la nueva carrera. La realidad, aunque siempre se vea superada por la ficción, y este relato es la prueba más evidente de ello, al final termina imponiéndose a los deseos. Fue lo que a mí me sucedió. No sé qué esperaba descubrir en las aulas de aquel edificio horrible, de cemento tan gris como el aspecto de los profesores que daban allí clase. Quizá el problema fuera mi descontrolada imaginación, nutrida a base de demasiadas novelas, demasiadas películas, demasiadas historias en las que los periodistas eran personajes cultos e intrépidos que se pasaban el día escribiendo. Nada parecido a lo que me encontré, claro. Pero, superada la decepción inicial y recordándome constantemente que aquella carrera era el medio, no el fin, conseguí sobrellevarlo hasta convertirlo en una rutina más. Cuando mis abuelos me preguntaban si estaba contenta, después de lo que había hecho por mí Vito el de la Pura, yo les decía que estaba encantada, y con esa mentira piadosa tranquilizaba mi conciencia y los dejaba a ellos satisfechos de haber cumplido con el deber de cuidarme. Además, aprobar las distintas asignaturas no me costaba trabajo, por lo que me sobraba tiempo para todo lo demás, que era lo que de verdad me importaba.
Como en la facultad tenía turno de tarde, cada día me levantaba bien temprano y me pasaba toda la mañana escribiendo. Cuando, siendo solo una niña que empezaba a garabatear, redacté mis primeros cuentos, recuerdo que guardaba las cuartillas en los pesados tomos de la Enciclopedia Larousse que formaban parte de la biblioteca de Filomena. No es que temiera que mis abuelos los encontraran. Es más, estaba deseando que lo hicieran. Entonces, la escritura era solo una diversión, una especie de escondite al que jugaba yo sola y en el que me guarecía cuando la realidad que me veía obligada a habitar no me gustaba. Con el tiempo, fui acumulando cuadernos llenos de historias, algunas verídicas y otras realmente inventadas, en las estanterías del cuarto que compartía con Clara en el piso de Marcelo Usera. Y cuando mi madre instaló, en mitad del salón, un ordenador por recomendación de un novio que trabajaba en IBM, empecé a trasladar todas esas narraciones, y muchas más, a cientos de folios. Siempre durante el día. Por la noche era incapaz de escribir, las palabras no me salían, así que leía con fruición antes de meterme en la cama. En esa época releí más que nunca en mi vida. Seguía descubriendo libros, autores..., pero en aquel momento la relectura fue mi fuente primordial de placer. Volví a Thomas Mann, a Philip Larkin, a Scott Fitzgerald, a Jo y sus Mujercitas, a las hermanas Brontë, a Cortázar y su Maga, a Laforet y su Andrea... Fue como reencontrarme con todos esos viejos amigos a los que había conocido gracias a Filomena y a los que ahora entendía más y mejor, porque ya sabía lo que buscaba en sus páginas: la cadencia de mi propia escritura.
Pero no vivía solo a través de la literatura. También solía ir a la filmoteca varias veces por semana con Marta y acudía a los conciertos que en aquella época se celebraban en un colegio mayor que llevaba por nombre el de uno de los doce apóstoles. Fue allí donde conocí a Ismael. Recuerdo que lo primero que pensé al verlo, en mitad de una densa nube de humo cargada de alcohol de garrafón y olor a sudor rancio, fue que me chocaba encontrarme allí con alguien como él, con su aspecto. Por la forma en la que se movía, perdido en aquel ambiente de universitarios progres pero estirados y con tendencia a mirar por encima del hombro, se notaba que no encajaba, no estaba a gusto.
Seguí su recorrido hasta la barra, en la que se acodó junto con dos chicos y dos chicas que parecían extranjeras. Por su forma de vestir, pantalón vaquero, deportivas y sudadera, estaba claro que la ropa le importaba un pepino. Esa apariencia, más bien anodina, no lograba eclipsar la inocencia que desprendía su rostro, y eso que ya se podían apreciar las primeras arrugas que comenzaban a surcar su frente, seguramente de tanto fruncir el entrecejo. Me fijé en sus ojos. Desde donde yo estaba no podía identificar su color —después, cuando estuve cerca de él, descubrí que eran grisáceos—, pero había algo en ellos que me intrigaba. Parecían querer esquivar a su propia mirada, como si le diera miedo, o más bien reparo, observar el mundo a su alrededor, medroso, seguramente, de encontrarse con personalidades como la mía. No es una descripción objetiva. Pero es que con Ismael nunca podré ser lo. Me lo he negado muchas veces en todo este tiempo, necia en mi obstinación de evitar el dolor, propio y ajeno, pero ahora tengo claro que cuando lo vi aquella noche supe que mi propósito de no ceder ni someterme al amor romántico y sus consecuencias, fruto de la convivencia con mis padres durante años, se había ido al garete. Sin buscarlo, como siempre sucede, sucumbí a una de las formas más literarias del querer: la que se experimenta a primera vista.
Inés MARTÍN RODRIGO. Las formas del querer. Barcelona: Ediciones Destino, 2022, pp. 347-350
1. Comprensión lectora
1.3. Indique los antecedentes de los (en « los dejaba a ellos satisfechos») y lo (en «nunca podré ser lo »), subrayados en el texto. [1 punto]
a)
b)
Opción A - 1.4 Lectura · Lectura
1.4. Conteste únicamente DOS de las cuatro cuestiones que se plantean sobre las lecturas ( Nada, de Carmen Laforet, y La Fundación, de Antonio Buero Vallejo) y sobre las figuras retóricas que aparecen en el texto. Puede combinarlas como prefiera. En el caso de responder a tres o cuatro preguntas, solo se tendrán en cuenta las dos primeras. [1,5 puntos en total. Se descontarán 0,25 puntos por cada pregunta de respuesta múltiple errónea.]
a)
Sobre Nada, ¿qué sueña Andrea cuando está enferma? [0,75 puntos]
b)
Sobre La Fundación, ¿qué muestra la última escena de la obra? Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]
c)
Identifique la figura retórica que aparece en el fragmento «tan gris como el aspecto de los profesores que daban allí clase», subrayado en el texto. [0,75 puntos]
d)
Identifique y explique la figura retórica que aparece en el fragmento «nutrida a base de demasiadas novelas, demasiadas películas, demasiadas historias», subrayado en el texto. Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]
Opción A - 1.4 Figuras retóricas · Figuras retóricas
Es lo malo de las expectativas, sobre todo cuando son tan altas como las que yo puse cuando comencé la nueva carrera. La realidad, aunque siempre se vea superada por la ficción, y este relato es la prueba más evidente de ello, al final termina imponiéndose a los deseos. Fue lo que a mí me sucedió. No sé qué esperaba descubrir en las aulas de aquel edificio horrible, de cemento tan gris como el aspecto de los profesores que daban allí clase. Quizá el problema fuera mi descontrolada imaginación, nutrida a base de demasiadas novelas, demasiadas películas, demasiadas historias en las que los periodistas eran personajes cultos e intrépidos que se pasaban el día escribiendo. Nada parecido a lo que me encontré, claro. Pero, superada la decepción inicial y recordándome constantemente que aquella carrera era el medio, no el fin, conseguí sobrellevarlo hasta convertirlo en una rutina más. Cuando mis abuelos me preguntaban si estaba contenta, después de lo que había hecho por mí Vito el de la Pura, yo les decía que estaba encantada, y con esa mentira piadosa tranquilizaba mi conciencia y los dejaba a ellos satisfechos de haber cumplido con el deber de cuidarme. Además, aprobar las distintas asignaturas no me costaba trabajo, por lo que me sobraba tiempo para todo lo demás, que era lo que de verdad me importaba.
Como en la facultad tenía turno de tarde, cada día me levantaba bien temprano y me pasaba toda la mañana escribiendo. Cuando, siendo solo una niña que empezaba a garabatear, redacté mis primeros cuentos, recuerdo que guardaba las cuartillas en los pesados tomos de la Enciclopedia Larousse que formaban parte de la biblioteca de Filomena. No es que temiera que mis abuelos los encontraran. Es más, estaba deseando que lo hicieran. Entonces, la escritura era solo una diversión, una especie de escondite al que jugaba yo sola y en el que me guarecía cuando la realidad que me veía obligada a habitar no me gustaba. Con el tiempo, fui acumulando cuadernos llenos de historias, algunas verídicas y otras realmente inventadas, en las estanterías del cuarto que compartía con Clara en el piso de Marcelo Usera. Y cuando mi madre instaló, en mitad del salón, un ordenador por recomendación de un novio que trabajaba en IBM, empecé a trasladar todas esas narraciones, y muchas más, a cientos de folios. Siempre durante el día. Por la noche era incapaz de escribir, las palabras no me salían, así que leía con fruición antes de meterme en la cama. En esa época releí más que nunca en mi vida. Seguía descubriendo libros, autores..., pero en aquel momento la relectura fue mi fuente primordial de placer. Volví a Thomas Mann, a Philip Larkin, a Scott Fitzgerald, a Jo y sus Mujercitas, a las hermanas Brontë, a Cortázar y su Maga, a Laforet y su Andrea... Fue como reencontrarme con todos esos viejos amigos a los que había conocido gracias a Filomena y a los que ahora entendía más y mejor, porque ya sabía lo que buscaba en sus páginas: la cadencia de mi propia escritura.
Pero no vivía solo a través de la literatura. También solía ir a la filmoteca varias veces por semana con Marta y acudía a los conciertos que en aquella época se celebraban en un colegio mayor que llevaba por nombre el de uno de los doce apóstoles. Fue allí donde conocí a Ismael. Recuerdo que lo primero que pensé al verlo, en mitad de una densa nube de humo cargada de alcohol de garrafón y olor a sudor rancio, fue que me chocaba encontrarme allí con alguien como él, con su aspecto. Por la forma en la que se movía, perdido en aquel ambiente de universitarios progres pero estirados y con tendencia a mirar por encima del hombro, se notaba que no encajaba, no estaba a gusto.
Seguí su recorrido hasta la barra, en la que se acodó junto con dos chicos y dos chicas que parecían extranjeras. Por su forma de vestir, pantalón vaquero, deportivas y sudadera, estaba claro que la ropa le importaba un pepino. Esa apariencia, más bien anodina, no lograba eclipsar la inocencia que desprendía su rostro, y eso que ya se podían apreciar las primeras arrugas que comenzaban a surcar su frente, seguramente de tanto fruncir el entrecejo. Me fijé en sus ojos. Desde donde yo estaba no podía identificar su color —después, cuando estuve cerca de él, descubrí que eran grisáceos—, pero había algo en ellos que me intrigaba. Parecían querer esquivar a su propia mirada, como si le diera miedo, o más bien reparo, observar el mundo a su alrededor, medroso, seguramente, de encontrarse con personalidades como la mía. No es una descripción objetiva. Pero es que con Ismael nunca podré ser lo. Me lo he negado muchas veces en todo este tiempo, necia en mi obstinación de evitar el dolor, propio y ajeno, pero ahora tengo claro que cuando lo vi aquella noche supe que mi propósito de no ceder ni someterme al amor romántico y sus consecuencias, fruto de la convivencia con mis padres durante años, se había ido al garete. Sin buscarlo, como siempre sucede, sucumbí a una de las formas más literarias del querer: la que se experimenta a primera vista.
Inés MARTÍN RODRIGO. Las formas del querer. Barcelona: Ediciones Destino, 2022, pp. 347-350
c)
Identifique la figura retórica que aparece en el fragmento «tan gris como el aspecto de los profesores que daban allí clase», subrayado en el texto. [0,75 puntos]
d)
Identifique y explique la figura retórica que aparece en el fragmento «nutrida a base de demasiadas novelas, demasiadas películas, demasiadas historias», subrayado en el texto. Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]
Opción A - 2.1 · Redacción
Es lo malo de las expectativas, sobre todo cuando son tan altas como las que yo puse cuando comencé la nueva carrera. La realidad, aunque siempre se vea superada por la ficción, y este relato es la prueba más evidente de ello, al final termina imponiéndose a los deseos. Fue lo que a mí me sucedió. No sé qué esperaba descubrir en las aulas de aquel edificio horrible, de cemento tan gris como el aspecto de los profesores que daban allí clase. Quizá el problema fuera mi descontrolada imaginación, nutrida a base de demasiadas novelas, demasiadas películas, demasiadas historias en las que los periodistas eran personajes cultos e intrépidos que se pasaban el día escribiendo. Nada parecido a lo que me encontré, claro. Pero, superada la decepción inicial y recordándome constantemente que aquella carrera era el medio, no el fin, conseguí sobrellevarlo hasta convertirlo en una rutina más. Cuando mis abuelos me preguntaban si estaba contenta, después de lo que había hecho por mí Vito el de la Pura, yo les decía que estaba encantada, y con esa mentira piadosa tranquilizaba mi conciencia y los dejaba a ellos satisfechos de haber cumplido con el deber de cuidarme. Además, aprobar las distintas asignaturas no me costaba trabajo, por lo que me sobraba tiempo para todo lo demás, que era lo que de verdad me importaba.
Como en la facultad tenía turno de tarde, cada día me levantaba bien temprano y me pasaba toda la mañana escribiendo. Cuando, siendo solo una niña que empezaba a garabatear, redacté mis primeros cuentos, recuerdo que guardaba las cuartillas en los pesados tomos de la Enciclopedia Larousse que formaban parte de la biblioteca de Filomena. No es que temiera que mis abuelos los encontraran. Es más, estaba deseando que lo hicieran. Entonces, la escritura era solo una diversión, una especie de escondite al que jugaba yo sola y en el que me guarecía cuando la realidad que me veía obligada a habitar no me gustaba. Con el tiempo, fui acumulando cuadernos llenos de historias, algunas verídicas y otras realmente inventadas, en las estanterías del cuarto que compartía con Clara en el piso de Marcelo Usera. Y cuando mi madre instaló, en mitad del salón, un ordenador por recomendación de un novio que trabajaba en IBM, empecé a trasladar todas esas narraciones, y muchas más, a cientos de folios. Siempre durante el día. Por la noche era incapaz de escribir, las palabras no me salían, así que leía con fruición antes de meterme en la cama. En esa época releí más que nunca en mi vida. Seguía descubriendo libros, autores..., pero en aquel momento la relectura fue mi fuente primordial de placer. Volví a Thomas Mann, a Philip Larkin, a Scott Fitzgerald, a Jo y sus Mujercitas, a las hermanas Brontë, a Cortázar y su Maga, a Laforet y su Andrea... Fue como reencontrarme con todos esos viejos amigos a los que había conocido gracias a Filomena y a los que ahora entendía más y mejor, porque ya sabía lo que buscaba en sus páginas: la cadencia de mi propia escritura.
Pero no vivía solo a través de la literatura. También solía ir a la filmoteca varias veces por semana con Marta y acudía a los conciertos que en aquella época se celebraban en un colegio mayor que llevaba por nombre el de uno de los doce apóstoles. Fue allí donde conocí a Ismael. Recuerdo que lo primero que pensé al verlo, en mitad de una densa nube de humo cargada de alcohol de garrafón y olor a sudor rancio, fue que me chocaba encontrarme allí con alguien como él, con su aspecto. Por la forma en la que se movía, perdido en aquel ambiente de universitarios progres pero estirados y con tendencia a mirar por encima del hombro, se notaba que no encajaba, no estaba a gusto.
Seguí su recorrido hasta la barra, en la que se acodó junto con dos chicos y dos chicas que parecían extranjeras. Por su forma de vestir, pantalón vaquero, deportivas y sudadera, estaba claro que la ropa le importaba un pepino. Esa apariencia, más bien anodina, no lograba eclipsar la inocencia que desprendía su rostro, y eso que ya se podían apreciar las primeras arrugas que comenzaban a surcar su frente, seguramente de tanto fruncir el entrecejo. Me fijé en sus ojos. Desde donde yo estaba no podía identificar su color —después, cuando estuve cerca de él, descubrí que eran grisáceos—, pero había algo en ellos que me intrigaba. Parecían querer esquivar a su propia mirada, como si le diera miedo, o más bien reparo, observar el mundo a su alrededor, medroso, seguramente, de encontrarse con personalidades como la mía. No es una descripción objetiva. Pero es que con Ismael nunca podré ser lo. Me lo he negado muchas veces en todo este tiempo, necia en mi obstinación de evitar el dolor, propio y ajeno, pero ahora tengo claro que cuando lo vi aquella noche supe que mi propósito de no ceder ni someterme al amor romántico y sus consecuencias, fruto de la convivencia con mis padres durante años, se había ido al garete. Sin buscarlo, como siempre sucede, sucumbí a una de las formas más literarias del querer: la que se experimenta a primera vista.
Inés MARTÍN RODRIGO. Las formas del querer. Barcelona: Ediciones Destino, 2022, pp. 347-350
2. Expresión escrita
[3 puntos en total]
2.1. ¿Comparte la idea de la autora del texto de que las relaciones interpersonales pueden cambiar las percepciones y las prioridades de una persona? Escriba un texto argumentativo que apoye o critique ese punto de vista. Utilice para ello entre cien y ciento cincuenta palabras. Previamente, indique, en el cuadro que aparece a continuación, la tesis que pretende defender, dos argumentos a favor de esa tesis y un contraargumento. Este cuadro puede servirle para redactar el texto. [2 puntos]
Tesis
(no más de diez palabras)
Argumento 1
(no más de diez palabras)
Argumento 2
(no más de diez palabras)
Contraargumento
(no más de diez palabras)
Opción A - 2.2 · Incorreciones
2.2. Complete las secuencias con la forma correcta de entre las dos que se proponen en cada caso.
[1 punto]
a)
aula estaba llena.
(La / El)
b)
Detrás
no hay nadie.
(de mí / mío)
c)
No pienses
vas a ganar.
(de que / que)
d)
Sin duda
demasiado.
(comistes / comiste)
Opción B - 1.1 · Comprensión lectora
1.1.
Resuma el texto que ha leído sin reproducir frases de este. Utilice para ello un máximo de cincuenta palabras. [1 punto]
Opción B - 1.2 · Sinónimos
1.2. Señale qué serie, de las cuatro que se proponen, es la única correcta para sustituir todas las palabras siguientes, subrayadas en el texto: bellacos, erradicación, caos, correctivo. [0,5 puntos. Si la respuesta es errónea, se descontarán 0,15 puntos; si no responde a la pregunta, no se aplicará ningún descuento.]
Opción B - 1.3 · Pronombres
1.3. Indique los antecedentes de las (en «se las creen») y los (en «quien los acoge»), subrayados en el texto. [1 punto]
a)
b)
Opción B - 1.4 Lectura · Lectura
1.4. Conteste únicamente DOS de las cuatro cuestiones siguientes sobre las lecturas ( Nada, de Carmen Laforet, y La Fundación, de Antonio Buero Vallejo) y sobre las figuras retóricas que aparecen en el texto. Puede combinarlas como prefiera. En el caso de responder a tres o cuatro preguntas, solo se tendrán en cuenta las dos primeras.
[1,5 puntos en total. Se descontarán 0,25 puntos por cada pregunta de respuesta múltiple errónea.]
a)
Sobre La Fundación, ¿quién mata a Max? ¿Por qué? Utilice un máximo de cincuenta palabras.
[0,75 puntos]
b)
Sobre Nada, Andrea escucha una conversación entre Gloria y su abuela. ¿De qué NO se habla en esa conversación?
[0,75 puntos]
Opción B - 1.4 Figuras retóricas · Figuras retóricas
c)
Identifique la figura retórica que aparece en el fragmento «Cuando un tipo intenta venderte una caldera cuando la tuya todavía funciona. Cuando una operadora de telefonía te hace una oferta que no podrás rechazar», subrayado en el texto. [0,75 puntos]
d)
Identifique y explique la figura retórica que aparece en el fragmento «El hombre miente para parecer mejor de lo que es, y la mujer para hacer que su interlocutor se crea mejor de lo que es», subrayado en el texto. Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]
Opción B - 2.1 · Redacción
2. Expresión escrita
2.1. Escriba un texto expositivo sobre la mentira y la desinformación. Utilice para ello entre cien y ciento cincuenta palabras. Previamente, indique, en el cuadro que aparece a continuación, al menos los tres siguientes recursos: definición, clasificación y ejemplificación. Este cuadro puede servirle para redactar el texto. [2 puntos]
Definición
Clasificación
Ejemplificación
Opción B - 2.2 · Incorreciones
2.2. Complete las secuencias con la forma correcta de entre las dos que se proponen en cada caso.
[1 punto]
a)
La
(apertura / abertura) de la tienda en Madrid fue muy comentada.
b)
La sanción impuesta ya ha
(prescrito / proscrito).
c)
Lo cierto es que no tenía ningún
(prejuicio / perjuicio).
d)
No estamos
(infringiendo / infligiendo) la ley.
Ejercicio 3.1 · Pares mínimos
PARTE COMÚN
3. Reflexión lingüística [3 puntos en total]
3.1. Indique si una de las dos secuencias del par mínimo es agramatical o si existe un contraste semántico entre las dos secuencias del par. Si una es agramatical, especifique cuál es y explique a qué se debe la agramaticalidad. Si existe un contraste semántico, explique en qué consiste. La respuesta debe tener un máximo de cincuenta palabras y contener como máximo cuatro términos gramaticales relevantes.
[1 punto]
a) Sinceramente, habla demasiado.
b) Habla demasiado sinceramente.
Secuencia agramatical:
Contraste semántico
Problema 3 · Sintaxis
PARTE COMÚN
3. Reflexión lingüística [3 puntos en total]
3.2.
Escriba una secuencia gramatical semánticamente coherente de no más de veinte palabras que contenga, al menos, los siguientes cuatro elementos en el orden que considere oportuno: adverbio interrogativo, verbo inacusativo, nombre colectivo y complemento circunstancial. La secuencia puede contener oraciones subordinadas, pero no coordinadas ni yuxtapuestas.
Rodee con un círculo en la secuencia cada uno de los elementos que se piden y escríbalos en la tabla que aparece a continuación: [1 punto]
Adverbio interrogativo
Verbo inacusativo
Nombre colectivo
Complemento circunstancial
3.3.
Lea la siguiente lista de secuencias y, de entre las opciones que se ofrecen debajo, elija la única que identifica de manera correcta y ordenada la función sintáctica del elemento subrayado en cada una de las secuencias.
[0,5 puntos. Si la respuesta es errónea, se descontarán 0,15 puntos; si no se contesta la pregunta, no se aplicará ningún descuento.]
1. Dime si irás al colegio mañana.
2. Regalaré flores a todos los que se acerquen por allí.
3. Después del viaje descansaré en la playa.
4. No sé si todos los chicos que asistieron a la fiesta eran alumnos del centro.
Ejercicio 3.4 - a) · Sintaxis
3.4. Responda a UNA de las dos cuestiones siguientes, relacionadas con la oración compuesta y con la estructura informativa de la oración. [0,5 puntos]
a)
A partir de las oraciones 1 y 2, construya una secuencia que, mediante una estrategia propia de la subordinación, evite la repetición del sintagma nominal la sala. Al construir dicha secuencia, los cambios deben ser mínimos.
1. Abandoné la sala.
2. En la sala estaban todos mis compañeros.
Ejercicio 3.4 - b) · Sintaxis
3.4. Responda a UNA de las dos cuestiones siguientes, relacionadas con la oración compuesta y con la estructura informativa de la oración. [0,5 puntos]
b)
Reescriba la oración Si te mueves, no saldrás en la foto, de manera que el rema pase a ser tema. Al reescribir la oración, los cambios deben ser mínimos.
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