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Examen de Lengua Castellana y Literatura II Selectividad Cataluña 2024 · Juny Serie 1

Examen de Lengua Castellana y Literatura II de Selectividad de Cataluña (PAU/Selectivitat) 2024, Juny Serie 1: 9 problemas con solución. Gratis.

Temas del examen: Comprensión lectora · Sinónimos · Pronombres · Figuras retóricas · Lectura · Incorreciones · Sintaxis · Pares mínimos · Redacción

Opción A - 1.1 · Comprensión lectora

OPCIÓN A

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo hojeé, dejando aletear sus p&aacuteginas. Liberado de su celda en el estante, el libro exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehíce mis pasos en el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.

Aquella tarde, de vuelta en el piso de la calle Santa Ana, me refugié en mi habitación y decidí leer las primeras l&_iacute;neas de mi nuevo amigo. Antes de darme cuenta, me había ca&_ido dentro sin remedio. La novela relataba la historia de un hombre en busca de su verdadero padre, al que nunca había llegado a conocer y cuya existencia solo descubr&_ia merced a las últimas palabras que pronunciaba su madre en su lecho de muerte. La historia de aquella búsqueda se transformaba en una odisea fantasmagórica en la que el protagonista luchaba por recuperar una infancia y una juventud perdidas, y en la que, lentamente, descubr&_iapos;amos la sombra de un amor maldito cuya memoria le habría de perseguir hasta el fin de sus d&_ias. A medida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de s&_i mismas en su interior. Paso a paso, la narración se descompon&_ia en mil historias, como si el relato hubiese penetrado en una galer&_ia de espejos y su identidad se escindiera en docenas de reflejos diferentes y al tiempo uno solo. Los minutos y las horas se deslizaron como un espejismo. Horas más tarde, atrapado en el relato, apenas advert&_ia las campanadas de medianoche en la catedral repiqueteando a los lejos. Enterrado en la luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumerg&_i en un mundo de imágenes y sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio del que no quer&_ia escapar. P&aacutegina a p&aacutegina, me dejé envolver por el sortilegio de la historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos cansados se deslizaron por la última p&aacutegina. Me tend&_i en la penumbra azulada del alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resist&_i a rendirme. No quer&_ia perder el hechizo de la historia ni todav&_ia decir adiós a sus personajes.

En una ocasión o&_i comentar a un cliente habitual en la librer&_ia de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano —no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos—, vamos a regresar. Para m&_i, esas p&aacuteginas embrujadas siempre serán las que encontré entre los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados.

Carlos RUIZ ZAFÓN. La sombra del viento. Barcelona: Planeta, 2016, pp. 12-14

1. Comprensión lectora

[4 puntos en total]

1.1.

Resuma el texto que ha leído sin reproducir frases de este. Utilice para ello un máximo de cincuenta palabras. [1 punto]

Opción A - 1.2 · Sinónimos

OPCIÓN A

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo hojeé, dejando aletear sus p&aacuteginas. Liberado de su celda en el estante, el libro exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehíce mis pasos en el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.

Aquella tarde, de vuelta en el piso de la calle Santa Ana, me refugié en mi habitación y decidí leer las primeras l&_iacute;neas de mi nuevo amigo. Antes de darme cuenta, me había ca&_ido dentro sin remedio. La novela relataba la historia de un hombre en busca de su verdadero padre, al que nunca había llegado a conocer y cuya existencia solo descubr&_ia merced a las últimas palabras que pronunciaba su madre en su lecho de muerte. La historia de aquella búsqueda se transformaba en una odisea fantasmagórica en la que el protagonista luchaba por recuperar una infancia y una juventud perdidas, y en la que, lentamente, descubr&_iapos;amos la sombra de un amor maldito cuya memoria le habría de perseguir hasta el fin de sus d&_ias. A medida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de s&_i mismas en su interior. Paso a paso, la narración se descompon&_ia en mil historias, como si el relato hubiese penetrado en una galer&_ia de espejos y su identidad se escindiera en docenas de reflejos diferentes y al tiempo uno solo. Los minutos y las horas se deslizaron como un espejismo. Horas más tarde, atrapado en el relato, apenas advert&_ia las campanadas de medianoche en la catedral repiqueteando a los lejos. Enterrado en la luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumerg&_i en un mundo de imágenes y sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio del que no quer&_ia escapar. P&aacutegina a p&aacutegina, me dejé envolver por el sortilegio de la historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos cansados se deslizaron por la última p&aacutegina. Me tend&_i en la penumbra azulada del alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resist&_i a rendirme. No quer&_ia perder el hechizo de la historia ni todav&_ia decir adiós a sus personajes.

En una ocasión o&_i comentar a un cliente habitual en la librer&_ia de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano —no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos—, vamos a regresar. Para m&_i, esas p&aacuteginas embrujadas siempre serán las que encontré entre los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados.

Carlos RUIZ ZAFÓN. La sombra del viento. Barcelona: Planeta, 2016, pp. 12-14

1.2. Señale qué serie, de las cuatro que se proponen, es la única correcta para sustituir todas las palabras siguientes, subrayadas en el texto: hechicera, fantasmagórica, sortilegio, púrpura. [0,5 puntos. Si la respuesta es errónea, se descontarán 0,15 puntos; si no responde a la pregunta, no se aplicará ningún descuento.]

Opción A - 1.3 · Pronombres

OPCIÓN A

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo hojeé, dejando aletear sus p&aacuteginas. Liberado de su celda en el estante, el libro exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehíce mis pasos en el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.

Aquella tarde, de vuelta en el piso de la calle Santa Ana, me refugié en mi habitación y decidí leer las primeras l&_iacute;neas de mi nuevo amigo. Antes de darme cuenta, me había ca&_ido dentro sin remedio. La novela relataba la historia de un hombre en busca de su verdadero padre, al que nunca había llegado a conocer y cuya existencia solo descubr&_ia merced a las últimas palabras que pronunciaba su madre en su lecho de muerte. La historia de aquella búsqueda se transformaba en una odisea fantasmagórica en la que el protagonista luchaba por recuperar una infancia y una juventud perdidas, y en la que, lentamente, descubr&_iapos;amos la sombra de un amor maldito cuya memoria le habría de perseguir hasta el fin de sus d&_ias. A medida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de s&_i mismas en su interior. Paso a paso, la narración se descompon&_ia en mil historias, como si el relato hubiese penetrado en una galer&_ia de espejos y su identidad se escindiera en docenas de reflejos diferentes y al tiempo uno solo. Los minutos y las horas se deslizaron como un espejismo. Horas más tarde, atrapado en el relato, apenas advert&_ia las campanadas de medianoche en la catedral repiqueteando a los lejos. Enterrado en la luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumerg&_i en un mundo de imágenes y sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio del que no quer&_ia escapar. P&aacutegina a p&aacutegina, me dejé envolver por el sortilegio de la historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos cansados se deslizaron por la última p&aacutegina. Me tend&_i en la penumbra azulada del alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resist&_i a rendirme. No quer&_ia perder el hechizo de la historia ni todav&_ia decir adiós a sus personajes.

En una ocasión o&_i comentar a un cliente habitual en la librer&_ia de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano —no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos—, vamos a regresar. Para m&_i, esas p&aacuteginas embrujadas siempre serán las que encontré entre los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados.

Carlos RUIZ ZAFÓN. La sombra del viento. Barcelona: Planeta, 2016, pp. 12-14

1.3. Indique los antecedentes de cuya (en «cuya memoria») y que (en «del que no quería escapar»), subrayados en el texto. [1 punto]

a)

b)

Opción A - 1.4 (a, b) - Lectura · Lectura

OPCIÓN A

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo hojeé, dejando aletear sus p&aacuteginas. Liberado de su celda en el estante, el libro exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehíce mis pasos en el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.

Aquella tarde, de vuelta en el piso de la calle Santa Ana, me refugié en mi habitación y decidí leer las primeras l&_iacute;neas de mi nuevo amigo. Antes de darme cuenta, me había ca&_ido dentro sin remedio. La novela relataba la historia de un hombre en busca de su verdadero padre, al que nunca había llegado a conocer y cuya existencia solo descubr&_ia merced a las últimas palabras que pronunciaba su madre en su lecho de muerte. La historia de aquella búsqueda se transformaba en una odisea fantasmagórica en la que el protagonista luchaba por recuperar una infancia y una juventud perdidas, y en la que, lentamente, descubr&_iapos;amos la sombra de un amor maldito cuya memoria le habría de perseguir hasta el fin de sus d&_ias. A medida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de s&_i mismas en su interior. Paso a paso, la narración se descompon&_ia en mil historias, como si el relato hubiese penetrado en una galer&_ia de espejos y su identidad se escindiera en docenas de reflejos diferentes y al tiempo uno solo. Los minutos y las horas se deslizaron como un espejismo. Horas más tarde, atrapado en el relato, apenas advert&_ia las campanadas de medianoche en la catedral repiqueteando a los lejos. Enterrado en la luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumerg&_i en un mundo de imágenes y sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio del que no quer&_ia escapar. P&aacutegina a p&aacutegina, me dejé envolver por el sortilegio de la historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos cansados se deslizaron por la última p&aacutegina. Me tend&_i en la penumbra azulada del alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resist&_i a rendirme. No quer&_ia perder el hechizo de la historia ni todav&_ia decir adiós a sus personajes.

En una ocasión o&_i comentar a un cliente habitual en la librer&_ia de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano —no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos—, vamos a regresar. Para m&_i, esas p&aacuteginas embrujadas siempre serán las que encontré entre los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados.

Carlos RUIZ ZAFÓN. La sombra del viento. Barcelona: Planeta, 2016, pp. 12-14

1.4. Conteste únicamente DOS de las cuatro cuestiones siguientes sobre las lecturas ( Nada, de Carmen Laforet, y La Fundación, de Antonio Buero Vallejo) y sobre las figuras retóricas que aparecen en el texto. Puede combinarlas como prefiera. En el caso de responder a tres o cuatro preguntas, solo se tendrán en cuenta las dos primeras. [1,5 puntos en total. Se descontarán 0,25 puntos por cada pregunta de respuesta múltiple errónea.]

a)

Sobre Nada, ¿con quién mantuvo Román una relación en su adolescencia? ¿Cómo terminó? Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]

b)

Sobre La Fundación, ¿qué personaje de la obra experimenta una transformación más radical? [0,75 puntos]

Opción A - 1.4 (c, d) - Figuras retóricas · Figuras retóricas

OPCIÓN A

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Jamás había oído mencionar aquel título o a su autor, pero no me importó. La decisión estaba tomada. Por ambas partes. Tomé el libro con sumo cuidado y lo hojeé, dejando aletear sus p&aacuteginas. Liberado de su celda en el estante, el libro exhaló una nube de polvo dorado. Satisfecho con mi elección, rehíce mis pasos en el laberinto portando mi libro bajo el brazo con una sonrisa impresa en los labios. Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.

Aquella tarde, de vuelta en el piso de la calle Santa Ana, me refugié en mi habitación y decidí leer las primeras l&_iacute;neas de mi nuevo amigo. Antes de darme cuenta, me había ca&_ido dentro sin remedio. La novela relataba la historia de un hombre en busca de su verdadero padre, al que nunca había llegado a conocer y cuya existencia solo descubr&_ia merced a las últimas palabras que pronunciaba su madre en su lecho de muerte. La historia de aquella búsqueda se transformaba en una odisea fantasmagórica en la que el protagonista luchaba por recuperar una infancia y una juventud perdidas, y en la que, lentamente, descubr&_iapos;amos la sombra de un amor maldito cuya memoria le habría de perseguir hasta el fin de sus d&_ias. A medida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de s&_i mismas en su interior. Paso a paso, la narración se descompon&_ia en mil historias, como si el relato hubiese penetrado en una galer&_ia de espejos y su identidad se escindiera en docenas de reflejos diferentes y al tiempo uno solo. Los minutos y las horas se deslizaron como un espejismo. Horas más tarde, atrapado en el relato, apenas advert&_ia las campanadas de medianoche en la catedral repiqueteando a los lejos. Enterrado en la luz de cobre que proyectaba el flexo, me sumerg&_i en un mundo de imágenes y sensaciones como jamás las había conocido. Personajes que se me antojaron tan reales como el aire que respiraba me arrastraron en un túnel de aventura y misterio del que no quer&_ia escapar. P&aacutegina a p&aacutegina, me dejé envolver por el sortilegio de la historia y su mundo hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana y mis ojos cansados se deslizaron por la última p&aacutegina. Me tend&_i en la penumbra azulada del alba con el libro sobre el pecho y escuché el rumor de la ciudad dormida goteando sobre los tejados salpicados de púrpura. El sueño y la fatiga llamaban a mi puerta, pero me resist&_i a rendirme. No quer&_ia perder el hechizo de la historia ni todav&_ia decir adiós a sus personajes.

En una ocasión o&_i comentar a un cliente habitual en la librer&_ia de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano —no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos—, vamos a regresar. Para m&_i, esas p&aacuteginas embrujadas siempre serán las que encontré entre los pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados.

Carlos RUIZ ZAFÓN. La sombra del viento. Barcelona: Planeta, 2016, pp. 12-14

c)

Identifique y explique la figura retórica que aparece en el fragmento «no importa cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos», subrayado en el texto. Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]

d)

Identifique la figura retórica que aparece en el fragmento «hasta que el aliento del amanecer acarició mi ventana», subrayado en el texto. [0,75 puntos]

Opción A - 2.1 · Redacción

2. Expresión escrita

[3 puntos en total]

2. Expresión escrita

[3 puntos en total]

2.1.

¿Comparte con el autor del texto la idea de que el primer libro que llega al corazón marca profundamente a un lector? Escriba un texto argumentativo que apoye o critique ese punto de vista. Utilice para ello entre cien y ciento cincuenta palabras. Previamente, indique, en el cuadro que aparece a continuación, la tesis que pretende defender, dos argumentos a favor de esa tesis y un contraargumento. Este cuadro puede servirle para redactar el texto. [2 puntos]

Tesis

(no más de diez palabras)

Argumento 1

(no más de diez palabras)

Argumento 2

(no más de diez palabras)

Contraargumento

(no más de diez palabras)

Opción A - 2.2 · Incorreciones

2. Expresión escrita

[3 puntos en total]

2.2. Complete las secuencias con la forma correcta de entre las dos que se proponen en cada caso. [1 punto]

a)

Me alegro

( de que / que) seáis felices.

b)

Tuve que subir al

( onceavo / undécimo) piso.

c)

Consiguió que cambiara muchas ideas

( acerca de / a cerca de) mi profesión.

d)

La víctima, un señor de cuarenta años, fue

( identificado / identificada) enseguida.

Opción B - 1.1 · Comprensión lectora

OPCIÓN B

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el mordisco. Poco ágil en las conversaciones saltarinas y ligeras, insistes en ahondar machaconamente y ser escuchada hasta la última minúscula matización. Necesitas vencer y convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que Churchill —autor del mayor glosario de citas probablemente ficticias— afirmó: «Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema». Te asalta una hipótesis incómoda: quien sufre este arrebato intransigente no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.

Fanático deriva del latín fanum, que significaba ‘santuario’ o ‘templo’. En la Antigüedad llamaban así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles, cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos para los creyentes paganos. Desde el principio, integrista siempre es alguien de otro credo. El escritor Amos Oz se consideraba —con saludable ironía— un experto en fanatismo comparado. Sostenía que el peligro no solo acecha en las manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre esas multitudes que agitan sus puños mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo también se expresa con modales silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas de su temida infección.

El fenómeno fan se ha incorporado a la vida cotidiana a través de la música y el deporte. Son sus manifestaciones más leves —aludidas con solo las tres primeras letras de la palabra—, aunque a veces también se desmadran. En la antigua Roma algunos devastadores motines empezaron como reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo, entre partidarios de las distintas facciones deportivas.

El fanatismo nace de la necesidad —profundamente humana— de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, su anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar al cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se desvive por ti, te alecciona. En uno de sus discursos fundacionales de la democracia ateniense, Pericles formuló una idea novedosa para construir comunidades donde nadie sea despreciado: «En el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara». En cada caso y en cada casa, antes de intentar modelar al otro o darle la espalda, recordemos el deseo universal de vivir a nuestro aire.

El romano Luciano de Samosata escribió en el siglo II un irresistible repertorio de obras satíricas donde parodia a los filósofos por sus feroces enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar sus propias faltas cuando pontifican. Con sus bromas certeras denuncia que hasta los sabios se embarran de autoritarismo. Podemos volvernos fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto. Con frecuencia, quien empieza predicando la tolerancia termina apedreando verbalmente a los diferentes. En nuestras ágoras mediáticas, abundan los fanáticos antifanátiCOS y los cruzados antifundamentalistas.

Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo Contra el fanatismo, no hay tratamiento de eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la ficción, que abren la mirada a otras mentes y fomentan cambios de perspectiva. Incluso si alguien está absolutamente en lo cierto y el otro vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos pomposos. A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo. En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar a considerar como posibilidad que —tal vez— estemos equivocados —un poco—. Por supuesto, eso es imposible, puro delirio, pero resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático.

Irene Vallejo. «Yo fanática». El País Semanal (17 diciembre 2023), p. 6

1. Comprensión lectora

[4 puntos en total]

1.1.

Resuma el texto que ha leído sin reproducir frases de este. Utilice para ello un máximo de cincuenta palabras. [1 punto]

Opción B - 1.2 · Sinónimos

OPCIÓN B

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el mordisco. Poco ágil en las conversaciones saltarinas y ligeras, insistes en ahondar machaconamente y ser escuchada hasta la última minúscula matización. Necesitas vencer y convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que Churchill —autor del mayor glosario de citas probablemente ficticias— afirmó: «Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema». Te asalta una hipótesis incómoda: quien sufre este arrebato intransigente no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.

Fanático deriva del latín fanum, que significaba ‘santuario’ o ‘templo’. En la Antigüedad llamaban así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles, cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos para los creyentes paganos. Desde el principio, integrista siempre es alguien de otro credo. El escritor Amos Oz se consideraba —con saludable ironía— un experto en fanatismo comparado. Sostenía que el peligro no solo acecha en las manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre esas multitudes que agitan sus puños mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo también se expresa con modales silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas de su temida infección.

El fenómeno fan se ha incorporado a la vida cotidiana a través de la música y el deporte. Son sus manifestaciones más leves —aludidas con solo las tres primeras letras de la palabra—, aunque a veces también se desmadran. En la antigua Roma algunos devastadores motines empezaron como reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo, entre partidarios de las distintas facciones deportivas.

El fanatismo nace de la necesidad —profundamente humana— de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, su anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar al cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se desvive por ti, te alecciona. En uno de sus discursos fundacionales de la democracia ateniense, Pericles formuló una idea novedosa para construir comunidades donde nadie sea despreciado: «En el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara». En cada caso y en cada casa, antes de intentar modelar al otro o darle la espalda, recordemos el deseo universal de vivir a nuestro aire.

El romano Luciano de Samosata escribió en el siglo II un irresistible repertorio de obras satíricas donde parodia a los filósofos por sus feroces enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar sus propias faltas cuando pontifican. Con sus bromas certeras denuncia que hasta los sabios se embarran de autoritarismo. Podemos volvernos fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto. Con frecuencia, quien empieza predicando la tolerancia termina apedreando verbalmente a los diferentes. En nuestras ágoras mediáticas, abundan los fanáticos antifanátiCOS y los cruzados antifundamentalistas.

Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo Contra el fanatismo, no hay tratamiento de eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la ficción, que abren la mirada a otras mentes y fomentan cambios de perspectiva. Incluso si alguien está absolutamente en lo cierto y el otro vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos pomposos. A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo. En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar a considerar como posibilidad que —tal vez— estemos equivocados —un poco—. Por supuesto, eso es imposible, puro delirio, pero resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático.

Irene Vallejo. «Yo fanática». El País Semanal (17 diciembre 2023), p. 6

1.2. Señale qué serie, de las cuatro que se proponen, es la única correcta para sustituir todas las palabras siguientes, subrayadas en el texto: enderezar, pontifican, ágoras, inclemencia. [0,5 puntos. Si la respuesta es errónea, se descontarán 0,15 puntos; si no responde a la pregunta, no se aplicará ningún descuento.]

Opción B - 1.3 · Pronombres

OPCIÓN B

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el mordisco. Poco ágil en las conversaciones saltarinas y ligeras, insistes en ahondar machaconamente y ser escuchada hasta la última minúscula matización. Necesitas vencer y convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que Churchill —autor del mayor glosario de citas probablemente ficticias— afirmó: «Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema». Te asalta una hipótesis incómoda: quien sufre este arrebato intransigente no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.

Fanático deriva del latín fanum, que significaba ‘santuario’ o ‘templo’. En la Antigüedad llamaban así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles, cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos para los creyentes paganos. Desde el principio, integrista siempre es alguien de otro credo. El escritor Amos Oz se consideraba —con saludable ironía— un experto en fanatismo comparado. Sostenía que el peligro no solo acecha en las manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre esas multitudes que agitan sus puños mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo también se expresa con modales silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas de su temida infección.

El fenómeno fan se ha incorporado a la vida cotidiana a través de la música y el deporte. Son sus manifestaciones más leves —aludidas con solo las tres primeras letras de la palabra—, aunque a veces también se desmadran. En la antigua Roma algunos devastadores motines empezaron como reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo, entre partidarios de las distintas facciones deportivas.

El fanatismo nace de la necesidad —profundamente humana— de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, su anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar al cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se desvive por ti, te alecciona. En uno de sus discursos fundacionales de la democracia ateniense, Pericles formuló una idea novedosa para construir comunidades donde nadie sea despreciado: «En el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara». En cada caso y en cada casa, antes de intentar modelar al otro o darle la espalda, recordemos el deseo universal de vivir a nuestro aire.

El romano Luciano de Samosata escribió en el siglo II un irresistible repertorio de obras satíricas donde parodia a los filósofos por sus feroces enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar sus propias faltas cuando pontifican. Con sus bromas certeras denuncia que hasta los sabios se embarran de autoritarismo. Podemos volvernos fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto. Con frecuencia, quien empieza predicando la tolerancia termina apedreando verbalmente a los diferentes. En nuestras ágoras mediáticas, abundan los fanáticos antifanátiCOS y los cruzados antifundamentalistas.

Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo Contra el fanatismo, no hay tratamiento de eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la ficción, que abren la mirada a otras mentes y fomentan cambios de perspectiva. Incluso si alguien está absolutamente en lo cierto y el otro vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos pomposos. A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo. En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar a considerar como posibilidad que —tal vez— estemos equivocados —un poco—. Por supuesto, eso es imposible, puro delirio, pero resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático.

Irene Vallejo. «Yo fanática». El País Semanal (17 diciembre 2023), p. 6

1.3. Indique los antecedentes de su (en « su temida infección») y los (en «dejarlos tranquilos»), subrayados en el texto. [1 punto]

a)

b)

Opción B - 1.4 (a, b) - Lectura · Lectura

OPCIÓN B

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el mordisco. Poco ágil en las conversaciones saltarinas y ligeras, insistes en ahondar machaconamente y ser escuchada hasta la última minúscula matización. Necesitas vencer y convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que Churchill —autor del mayor glosario de citas probablemente ficticias— afirmó: «Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema». Te asalta una hipótesis incómoda: quien sufre este arrebato intransigente no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.

Fanático deriva del latín fanum, que significaba ‘santuario’ o ‘templo’. En la Antigüedad llamaban así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles, cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos para los creyentes paganos. Desde el principio, integrista siempre es alguien de otro credo. El escritor Amos Oz se consideraba —con saludable ironía— un experto en fanatismo comparado. Sostenía que el peligro no solo acecha en las manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre esas multitudes que agitan sus puños mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo también se expresa con modales silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas de su temida infección.

El fenómeno fan se ha incorporado a la vida cotidiana a través de la música y el deporte. Son sus manifestaciones más leves —aludidas con solo las tres primeras letras de la palabra—, aunque a veces también se desmadran. En la antigua Roma algunos devastadores motines empezaron como reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo, entre partidarios de las distintas facciones deportivas.

El fanatismo nace de la necesidad —profundamente humana— de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, su anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar al cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se desvive por ti, te alecciona. En uno de sus discursos fundacionales de la democracia ateniense, Pericles formuló una idea novedosa para construir comunidades donde nadie sea despreciado: «En el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara». En cada caso y en cada casa, antes de intentar modelar al otro o darle la espalda, recordemos el deseo universal de vivir a nuestro aire.

El romano Luciano de Samosata escribió en el siglo II un irresistible repertorio de obras satíricas donde parodia a los filósofos por sus feroces enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar sus propias faltas cuando pontifican. Con sus bromas certeras denuncia que hasta los sabios se embarran de autoritarismo. Podemos volvernos fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto. Con frecuencia, quien empieza predicando la tolerancia termina apedreando verbalmente a los diferentes. En nuestras ágoras mediáticas, abundan los fanáticos antifanátiCOS y los cruzados antifundamentalistas.

Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo Contra el fanatismo, no hay tratamiento de eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la ficción, que abren la mirada a otras mentes y fomentan cambios de perspectiva. Incluso si alguien está absolutamente en lo cierto y el otro vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos pomposos. A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo. En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar a considerar como posibilidad que —tal vez— estemos equivocados —un poco—. Por supuesto, eso es imposible, puro delirio, pero resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático.

Irene Vallejo. «Yo fanática». El País Semanal (17 diciembre 2023), p. 6

1.4. Conteste únicamente DOS de las cuatro cuestiones siguientes sobre las lecturas ( Nada, de Carmen Laforet, y La Fundación, de Antonio Buero Vallejo) y sobre las figuras retóricas que aparecen en el texto. Puede combinarlas como prefiera. En el caso de responder a tres o cuatro preguntas, solo se tendrán en cuenta las dos primeras. [1,5 puntos en total. Se descontarán 0,25 puntos por cada pregunta de respuesta múltiple errónea.]

a)

Sobre La Fundación, explique cuál es la verdadera profesión de Asel y de qué modo afecta al desarrollo de la obra. Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]

b)

Sobre Nada, ¿cuántos años hacía que los abuelos de Andrea se habían instalado en el piso de la calle Aribau? [0,75 puntos]

Opción B - 1.4 (c, d) - Figuras retóricas · Figuras retóricas

OPCIÓN B

Lea el siguiente texto y responda a las cuestiones que se plantean a continuación.

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el mordisco. Poco ágil en las conversaciones saltarinas y ligeras, insistes en ahondar machaconamente y ser escuchada hasta la última minúscula matización. Necesitas vencer y convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que Churchill —autor del mayor glosario de citas probablemente ficticias— afirmó: «Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema». Te asalta una hipótesis incómoda: quien sufre este arrebato intransigente no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.

Fanático deriva del latín fanum, que significaba ‘santuario’ o ‘templo’. En la Antigüedad llamaban así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles, cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos para los creyentes paganos. Desde el principio, integrista siempre es alguien de otro credo. El escritor Amos Oz se consideraba —con saludable ironía— un experto en fanatismo comparado. Sostenía que el peligro no solo acecha en las manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre esas multitudes que agitan sus puños mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo también se expresa con modales silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas de su temida infección.

El fenómeno fan se ha incorporado a la vida cotidiana a través de la música y el deporte. Son sus manifestaciones más leves —aludidas con solo las tres primeras letras de la palabra—, aunque a veces también se desmadran. En la antigua Roma algunos devastadores motines empezaron como reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo, entre partidarios de las distintas facciones deportivas.

El fanatismo nace de la necesidad —profundamente humana— de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, su anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar al cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se desvive por ti, te alecciona. En uno de sus discursos fundacionales de la democracia ateniense, Pericles formuló una idea novedosa para construir comunidades donde nadie sea despreciado: «En el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara». En cada caso y en cada casa, antes de intentar modelar al otro o darle la espalda, recordemos el deseo universal de vivir a nuestro aire.

El romano Luciano de Samosata escribió en el siglo II un irresistible repertorio de obras satíricas donde parodia a los filósofos por sus feroces enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar sus propias faltas cuando pontifican. Con sus bromas certeras denuncia que hasta los sabios se embarran de autoritarismo. Podemos volvernos fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto. Con frecuencia, quien empieza predicando la tolerancia termina apedreando verbalmente a los diferentes. En nuestras ágoras mediáticas, abundan los fanáticos antifanátiCOS y los cruzados antifundamentalistas.

Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo Contra el fanatismo, no hay tratamiento de eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la ficción, que abren la mirada a otras mentes y fomentan cambios de perspectiva. Incluso si alguien está absolutamente en lo cierto y el otro vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos pomposos. A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo. En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar a considerar como posibilidad que —tal vez— estemos equivocados —un poco—. Por supuesto, eso es imposible, puro delirio, pero resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático.

Irene Vallejo. «Yo fanática». El País Semanal (17 diciembre 2023), p. 6

c)

Identifique y explique la figura retórica que aparece en el fragmento «Llegué, vi, insistí», subrayado en el texto. Utilice un máximo de cincuenta palabras. [0,75 puntos]

d)

Identifique la figura retórica que aparece en el fragmento «resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático», subrayado en el texto. [0,75 puntos]

Opción B - 2.1 · Redacción

2. Expresión escrita

[3 puntos en total]

2.1.

Escriba un texto expositivo sobre la tolerancia. Utilice para ello entre cien y ciento cincuenta palabras. Previamente, indique, en el cuadro que aparece a continuación, al menos los tres siguientes recursos: definición, clasificación y ejemplificación. Este cuadro puede servirle para redactar el texto. [2 puntos]

Definición

Clasificación

Ejemplificación

Opción B - 2.2 · Incorreciones

2. Expresión escrita

[3 puntos en total]

2.2. Complete las secuencias con la forma correcta de entre las dos que se proponen en cada caso. [1 punto]

a)

Me dijo que un mago nunca

(rebela / revela) sus trucos.

b)

Es posible que se haya

(deshecho / desecho) de todos los documentos.

c)

Juan tiene una

(vasta / basta) experiencia en estas cuestiones.

d)

Las cucarachas

(infectaban / infestaban) la casa.

Ejercicio 3.1 · Pares mínimos

PARTE COMÚN

3. Reflexión lingüística [3 puntos en total]

Indique si una de las dos secuencias del par mínimo es agramatical o si existe un contraste semántico entre las dos secuencias del par. Si una es agramatical, especifique cuál es y explique a qué se debe la agramaticalidad. Si existe un contraste semántico, explique en qué consiste. La respuesta debe tener un máximo de cincuenta palabras y contener como máximo cuatro términos gramaticales relevantes. [1 punto]

a) Tuvimos que comprar los muebles caros.

b) Tuvimos que comprar caros los muebles.

Secuencia agramatical:

Contraste semántico

Problema 3 · Sintaxis

PARTE COMÚN

3. Reflexión lingüística [3 puntos en total]

3.2.

Escriba una secuencia gramatical semánticamente coherente de no más de veinte palabras que contenga, al menos, los siguientes cuatro elementos en el orden que considere oportuno: verbo transitivo, complemento locativo argumental, determinante demostrativo y adjetivo calificativo. La secuencia puede contener oraciones subordinadas, pero no coordinadas ni yuxtapuestas.

Rodee con un círculo en la secuencia cada uno de los elementos que se piden y escríbalos en la tabla que aparece a continuación: [1 punto]

Verbo transitivo

Complemento locativo argumental

Determinante demostrativo

Adjetivo calificativo

3.3.

Lea la siguiente lista de secuencias y, de entre las opciones que se ofrecen debajo, elija la única que identifica de manera correcta y ordenada la función sintáctica del elemento subrayado en cada una de las secuencias.

[0,5 puntos. Si la respuesta es errónea, se descontarán 0,15 puntos; si no se contesta la pregunta, no se aplicará ningún descuento.]

1. La persona con la que hablaste estaba equivocada.

2. Mete las llaves donde te dije.

3. La solución es compartir tus ideas con quienes te han apoyado.

4. Avísale antes de llegar a la estación.

3.4.

Responda a UNA de las dos cuestiones siguientes, relacionadas con la oración compuesta y con la estructura informativa de la oración. [0,5 puntos]

a)

A partir de las oraciones 1 y 2, construya una secuencia que, mediante una estrategia propia de la subordinación, evite la repetición del sintagma nominal Luis Mateo Díez. Al construir dicha secuencia, los cambios deben ser mínimos.

1. Luis Mateo Díez nació en Villablino.

2. Entregaron el Premio Cervantes a Luis Mateo Díez.

b)

Reescriba la oración Lo haré, si me lo piden, de manera que la oración subordinada pase a ser tema. Al reescribir la oración, los cambios deben ser mínimos.

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