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Examen de Lengua Castellana y Literatura II PAU Andalucía 2019 · Reserva B

Examen de Lengua Castellana y Literatura II de Selectividad de Andalucía (PAU/PEvAU) 2019, Reserva B: 4 problemas con solución. Con corrección al momento.

Temas del examen: Comunicación y análisis de textos · Reflexión sobre la lengua · Educación literaria

Opción A · Comunicación y análisis de textos

URBANO. — ¡Espera, por favor! (Llevándola al «casinillo».) Carmina, yo..., yo te quiero. (Ella sonríe tristemente.) Te quiero hace muchos años, tú lo sabes. Perdona que te lo diga hoy: soy un bruto. Es que no quisiera verte pasar privaciones ni un solo día. Ni a ti ni a tu madre. Me harías muy feliz si..., si me dijeras... que puedo esperar. (Pausa. Ella baja la vista.) Ya sé que no me quieres. No me extraña, porque yo no valgo nada. Soy muy poco para ti. Pero yo procuraría hacerte dichosa. (Pausa.) No me contestas...

CARMINA. — Yo... había pensado permanecer soltera.

URBANO. — (Inclinando la cabeza.) Quizá continúas queriendo a algún otro...

CARMINA. — (Con disgusto.) ¡No, no!

URBANO. — Entonces, es que... te desagrada mi persona.

CARMINA. — ¡Oh, no!

URBANO. — Ya sé que no soy más que un obrero. No tengo cultura ni puedo aspirar a ser nada importante... Así es mejor. Así no tendré que sufrir ninguna decepción, como otros sufren.

CARMINA. — Urbano, te pido que...

URBANO. — Más vale ser un triste obrero que un señorito inútil... Pero si tú me aceptas yo subiré. ¡Subiré, sí! ¡Porque cuando te tenga a mi lado me sentiré lleno de energías para trabajar! ¡Para trabajar por ti! Y me perfeccionaré en la mecánica y ganaré más. (Ella asiente tristemente, en silencio, traspasada por el recuerdo de un momento semejante.) Viviríamos juntos: tu madre, tú y yo. Le daríamos a la vieja un poco de alegría en los años que le quedasen de vida. Y tú me harías feliz. (Pausa.) Acéptame, te lo suplico.

CARMINA. — ¡Eres muy bueno!

URBANO. — Carmina, te lo ruego. Consiente en ser mi novia. Déjame ayudarte con ese título.

CARMINA. — (Llora refugiándose en sus brazos.) ¡Gracias, gracias!

URBANO. — (Enajenado.) Entonces... ¿Sí? (Ella asiente.) ¡Gracias yo a ti! ¡No te merezco!

Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera

CUESTIONES

1.

Identifique las ideas del texto y exponga esquemáticamente su organización (1,5 puntos).

2.

Explique la intención comunicativa del autor (0,5 puntos) y comente dos mecanismos de cohesión distintos que refuercen la coherencia textual (1 punto).

Opción A - 3 · Comunicación y análisis de textos

3. ¿Cree que hay una relación entre la felicidad y la sabiduría? Elabore un discurso argumentativo, entre 150 y 200 palabras, en respuesta a esta pregunta, eligiendo el tipo de estructura que considere adecuado (2 puntos).

Opción A - 4 · Reflexión sobre la lengua

URBANO. — ¡Espera, por favor! (Llevándola al «casinillo».) Carmina, yo..., yo te quiero. (Ella sonríe tristemente.) Te quiero hace muchos años, tú lo sabes. Perdona que te lo diga hoy: soy un bruto. Es que no quisiera verte pasar privaciones ni un solo día. Ni a ti ni a tu madre. Me harías muy feliz si..., si me dijeras... que puedo esperar. (Pausa. Ella baja la vista.) Ya sé que no me quieres. No me extraña, porque yo no valgo nada. Soy muy poco para ti. Pero yo procuraría hacerte dichosa. (Pausa.) No me contestas...

CARMINA. — Yo... había pensado permanecer soltera.

URBANO. — (Inclinando la cabeza.) Quizá continúas queriendo a algún otro...

CARMINA. — (Con disgusto.) ¡No, no!

URBANO. — Entonces, es que... te desagrada mi persona.

CARMINA. — ¡Oh, no!

URBANO. — Ya sé que no soy más que un obrero. No tengo cultura ni puedo aspirar a ser nada importante... Así es mejor. Así no tendré que sufrir ninguna decepción, como otros sufren.

CARMINA. — Urbano, te pido que...

URBANO. — Más vale ser un triste obrero que un señorito inútil... Pero si tú me aceptas yo subiré. ¡Subiré, sí! ¡Porque cuando te tenga a mi lado me sentiré lleno de energías para trabajar! ¡Para trabajar por ti! Y me perfeccionaré en la mecánica y ganaré más. (Ella asiente tristemente, en silencio, traspasada por el recuerdo de un momento semejante.) Viviríamos juntos: tu madre, tú y yo. Le daríamos a la vieja un poco de alegría en los años que le quedasen de vida. Y tú me harías feliz. (Pausa.) Acéptame, te lo suplico.

CARMINA. — ¡Eres muy bueno!

URBANO. — Carmina, te lo ruego. Consiente en ser mi novia. Déjame ayudarte con ese título.

CARMINA. — (Llora refugiándose en sus brazos.) ¡Gracias, gracias!

URBANO. — (Enajenado.) Entonces... ¿Sí? (Ella asiente.) ¡Gracias yo a ti! ¡No te merezco!

Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera

4a.

Analice sintácticamente el siguiente fragmento: Perdona que te lo diga hoy (1,5 puntos).

4b.

Analice cómo están formadas las siguientes palabras subrayadas en el texto: dichosa, traspasada (1 punto).

Opción A - 5 · Educación literaria

URBANO. — ¡Espera, por favor! (Llevándola al «casinillo».) Carmina, yo..., yo te quiero. (Ella sonríe tristemente.) Te quiero hace muchos años, tú lo sabes. Perdona que te lo diga hoy: soy un bruto. Es que no quisiera verte pasar privaciones ni un solo día. Ni a ti ni a tu madre. Me harías muy feliz si..., si me dijeras... que puedo esperar. (Pausa. Ella baja la vista.) Ya sé que no me quieres. No me extraña, porque yo no valgo nada. Soy muy poco para ti. Pero yo procuraría hacerte dichosa. (Pausa.) No me contestas...

CARMINA. — Yo... había pensado permanecer soltera.

URBANO. — (Inclinando la cabeza.) Quizá continúas queriendo a algún otro...

CARMINA. — (Con disgusto.) ¡No, no!

URBANO. — Entonces, es que... te desagrada mi persona.

CARMINA. — ¡Oh, no!

URBANO. — Ya sé que no soy más que un obrero. No tengo cultura ni puedo aspirar a ser nada importante... Así es mejor. Así no tendré que sufrir ninguna decepción, como otros sufren.

CARMINA. — Urbano, te pido que...

URBANO. — Más vale ser un triste obrero que un señorito inútil... Pero si tú me aceptas yo subiré. ¡Subiré, sí! ¡Porque cuando te tenga a mi lado me sentiré lleno de energías para trabajar! ¡Para trabajar por ti! Y me perfeccionaré en la mecánica y ganaré más. (Ella asiente tristemente, en silencio, traspasada por el recuerdo de un momento semejante.) Viviríamos juntos: tu madre, tú y yo. Le daríamos a la vieja un poco de alegría en los años que le quedasen de vida. Y tú me harías feliz. (Pausa.) Acéptame, te lo suplico.

CARMINA. — ¡Eres muy bueno!

URBANO. — Carmina, te lo ruego. Consiente en ser mi novia. Déjame ayudarte con ese título.

CARMINA. — (Llora refugiándose en sus brazos.) ¡Gracias, gracias!

URBANO. — (Enajenado.) Entonces... ¿Sí? (Ella asiente.) ¡Gracias yo a ti! ¡No te merezco!

Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera

5a.

Exponga brevemente el siguiente tema: El teatro desde 1939 a nuestros días: tendencias, autores y obras representativos (1 punto).

5b.

Comente brevemente dos rasgos, apoyados en ejemplos del texto, característicos de la dramaturgia de Buero Vallejo e indique a qué otra escena remite la siguiente acotación: (Ella asiente tristemente, en silencio, traspasada por el recuerdo de un momento semejante) (1,5 puntos).

Opción B · Comunicación y análisis de textos

OPCIÓN B

A finales de abril fue de nuevo detenido en Somosierra y enviado, otra vez, al cuartel del Conde Duque para volver a rehacer el sendero de la muerte.

Cuando le preguntaban su filiación los tercos oficiales de la cárcel, siempre contestaba lo mismo: Me llamo Carlos Alegría, nací el 18 de abril de 1939 en una fosa común de Arganda y jamás he ganado una guerra.

Por eso le llamaban El Rorro.

Juan sentía cierta simpatía por este hombre solitario y taciturno. Le atraía su perenne ausencia, que, por otra parte, desmentía la general sospecha de que se trataba de un infiltrado en busca de información. Al anochecer de uno de esos días sin listas se acercó hasta el lugar donde Juan dormitaba y le dijo al oído: “Tú y yo vivimos de prestado. Tenemos que hacer algo para no deberle nada a nadie”, y se alejó hasta el final de la galería donde estaba situada la reja de acceso. Comenzó a gritar centinela, centinela, centinela con un tono de voz desgarrado y perentorio al mismo tiempo.

Todos los presos permanecieron impávidos en la postura en la que les sorprendieron los gritos. El Rorro, golpeando su escudilla contra los barrotes de la reja, seguía gritando con una energía que nadie hubiera supuesto en aquel hombrecillo tatuado por la muerte. Por fin, se acercaron dos soldados que con las culatas de los fusiles trataron de apartarle de la puerta. Pero su capacidad de sentir el dolor se había agotado tiempo atrás ante un apresurado pelotón de fusilamiento y la contundencia de los culatazos no parecía afectarle.

En el forcejeo, logró asir la culata de uno de los fusiles y con un gesto eléctrico imprevisible se lo arrancó al soldado que le estaba golpeando. A un lado de la reja un soldado armado, otro desarmado y, en el interior de la galería, un silencio colectivo acumulado en una inmovilidad infinita tras El Rorro apuntando a sus guardianes.

Y ese silencio desbordó la reja, la galería, la noche prematura y los jadeos de El Rorro justiciero. Ni siquiera el soldado armado hizo ningún ruido al dejar su Mauser en el suelo obedeciendo una indicación imperiosa de aquel loco que con un gesto profesional y rápido había montado el cerrojo de su arma. Lentamente volvió el fusil hacia sí, se puso la punta del cañón en la barbilla y dijo que nunca había matado a nadie y que él, sin embargo, iba a morir dos veces. Disparó para romper aquel silencio, para pagar su deuda.

Alberto Méndez, Los girasoles ciegos

CUESTIONES

1.

Identifique las ideas del texto y exponga esquemáticamente su organización (1,5 puntos).

2.

Explique la intención comunicativa del autor (0,5 puntos) y comente dos mecanismos de cohesión distintos que refuercen la coherencia textual (1 punto).

Opción B - 3 · Comunicación y análisis de textos

3. ¿Cree que se puede mantener la dignidad en situaciones de represión? Elabore un discurso argumentativo, entre 150 y 250 palabras, como respuesta a la pregunta, eligiendo el tipo de estructura que considere adecuado (2 puntos).

Opción B - 4 · Reflexión sobre la lengua

OPCIÓN B

A finales de abril fue de nuevo detenido en Somosierra y enviado, otra vez, al cuartel del Conde Duque para volver a rehacer el sendero de la muerte.

Cuando le preguntaban su filiación los tercos oficiales de la cárcel, siempre contestaba lo mismo: Me llamo Carlos Alegría, nací el 18 de abril de 1939 en una fosa común de Arganda y jamás he ganado una guerra.

Por eso le llamaban El Rorro.

Juan sentía cierta simpatía por este hombre solitario y taciturno. Le atraía su perenne ausencia, que, por otra parte, desmentía la general sospecha de que se trataba de un infiltrado en busca de información. Al anochecer de uno de esos días sin listas se acercó hasta el lugar donde Juan dormitaba y le dijo al oído: “Tú y yo vivimos de prestado. Tenemos que hacer algo para no deberle nada a nadie”, y se alejó hasta el final de la galería donde estaba situada la reja de acceso. Comenzó a gritar centinela, centinela, centinela con un tono de voz desgarrado y perentorio al mismo tiempo.

Todos los presos permanecieron impávidos en la postura en la que les sorprendieron los gritos. El Rorro, golpeando su escudilla contra los barrotes de la reja, seguía gritando con una energía que nadie hubiera supuesto en aquel hombrecillo tatuado por la muerte. Por fin, se acercaron dos soldados que con las culatas de los fusiles trataron de apartarle de la puerta. Pero su capacidad de sentir el dolor se había agotado tiempo atrás ante un apresurado pelotón de fusilamiento y la contundencia de los culatazos no parecía afectarle.

En el forcejeo, logró asir la culata de uno de los fusiles y con un gesto eléctrico imprevisible se lo arrancó al soldado que le estaba golpeando. A un lado de la reja un soldado armado, otro desarmado y, en el interior de la galería, un silencio colectivo acumulado en una inmovilidad infinita tras El Rorro apuntando a sus guardianes.

Y ese silencio desbordó la reja, la galería, la noche prematura y los jadeos de El Rorro justiciero. Ni siquiera el soldado armado hizo ningún ruido al dejar su Mauser en el suelo obedeciendo una indicación imperiosa de aquel loco que con un gesto profesional y rápido había montado el cerrojo de su arma. Lentamente volvió el fusil hacia sí, se puso la punta del cañón en la barbilla y dijo que nunca había matado a nadie y que él, sin embargo, iba a morir dos veces. Disparó para romper aquel silencio, para pagar su deuda.

Alberto Méndez, Los girasoles ciegos

4a.

Explique las relaciones sintácticas que se establecen entre las oraciones del siguiente fragmento:

se puso la punta del cañón en la barbilla y dijo que nunca había matado a nadie (1,5 puntos).

4b.

Indique razonadamente un ejemplo de estilo directo y otro de estilo indirecto presentes en el texto (1 punto).

Opción B - 5 · Educación literaria

OPCIÓN B

A finales de abril fue de nuevo detenido en Somosierra y enviado, otra vez, al cuartel del Conde Duque para volver a rehacer el sendero de la muerte.

Cuando le preguntaban su filiación los tercos oficiales de la cárcel, siempre contestaba lo mismo: Me llamo Carlos Alegría, nací el 18 de abril de 1939 en una fosa común de Arganda y jamás he ganado una guerra.

Por eso le llamaban El Rorro.

Juan sentía cierta simpatía por este hombre solitario y taciturno. Le atraía su perenne ausencia, que, por otra parte, desmentía la general sospecha de que se trataba de un infiltrado en busca de información. Al anochecer de uno de esos días sin listas se acercó hasta el lugar donde Juan dormitaba y le dijo al oído: “Tú y yo vivimos de prestado. Tenemos que hacer algo para no deberle nada a nadie”, y se alejó hasta el final de la galería donde estaba situada la reja de acceso. Comenzó a gritar centinela, centinela, centinela con un tono de voz desgarrado y perentorio al mismo tiempo.

Todos los presos permanecieron impávidos en la postura en la que les sorprendieron los gritos. El Rorro, golpeando su escudilla contra los barrotes de la reja, seguía gritando con una energía que nadie hubiera supuesto en aquel hombrecillo tatuado por la muerte. Por fin, se acercaron dos soldados que con las culatas de los fusiles trataron de apartarle de la puerta. Pero su capacidad de sentir el dolor se había agotado tiempo atrás ante un apresurado pelotón de fusilamiento y la contundencia de los culatazos no parecía afectarle.

En el forcejeo, logró asir la culata de uno de los fusiles y con un gesto eléctrico imprevisible se lo arrancó al soldado que le estaba golpeando. A un lado de la reja un soldado armado, otro desarmado y, en el interior de la galería, un silencio colectivo acumulado en una inmovilidad infinita tras El Rorro apuntando a sus guardianes.

Y ese silencio desbordó la reja, la galería, la noche prematura y los jadeos de El Rorro justiciero. Ni siquiera el soldado armado hizo ningún ruido al dejar su Mauser en el suelo obedeciendo una indicación imperiosa de aquel loco que con un gesto profesional y rápido había montado el cerrojo de su arma. Lentamente volvió el fusil hacia sí, se puso la punta del cañón en la barbilla y dijo que nunca había matado a nadie y que él, sin embargo, iba a morir dos veces. Disparó para romper aquel silencio, para pagar su deuda.

Alberto Méndez, Los girasoles ciegos

5a.

Exponga brevemente el siguiente tema: La novela desde 1975 hasta nuestros días: tendencias, autores y obras representativos (1 punto).

5b.

Explique brevemente las “dos muertes” de Carlos Alegría, a las que hace alusión el fragmento, y mencione en qué documento se le condena a una de ellas (1,5 puntos).

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