Análisis de la Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman

Apuntes sobre el concepto de modernidad líquida según Zygmunt Bauman. Tipo de documento: apuntes.

Historia de la Filosofía · Selectividad (PAU Cataluña)

81 páginas · 4 temas

Índice

  1. 1. Prólogo: Acerca de lo leve y lo líquido · p. 2-5
  2. 2. Emancipación · p. 10-27
  3. 3. Espacio/tiempo · p. 117-129
  4. 4. Trabajo · p. 139-155

1. Prólogo: Acerca de lo leve y lo líquido

2. Emancipación

3. Espacio/tiempo

4. Trabajo

Texto del documento

Traducción de MIRTA ROSENBERG en cola~oración con JAIME ARMMBIDE SQUIRRU ZYGMUNT BAUMAN MODERNIDAD LÍQUIDA FONDO DE CULTURA ECONÓMICA MÉXICO - ARGENTINA - BRASIL - COLOMBIA - CHILE - ESPAÑA ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA - GUATEMALA - PERÚ - VENEZUELA Primera edición en inglés, 2000 Primera edición en español (FCE, México), 2003 Primera reimpresión (FCE, Argentina), 2003 Segunda reimpresión (FCE, Argentina), 2003 1'ercera reimpresión (FCE, Argentina), 2004 Título original: Liquid Moderníty © 2000, Zygmunt Bauman © 2000, Polity Press y Blackwell Publishers Ltd. ISBN de la edición original: O-7 456-2409-X D.R. © 2002, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA DE ÁRGENT!NA, S. A...

El Salvador 5665; 1414 Buenos Aires, Argentina www.fce.com.ar I fondo@fce.com.ar Av. Picacho Ajusco 227; 14200 México D. F. ISBN: 950-557-513-0 Fotocopiar libros está penado por la ley. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión o digital, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma, sin autorización expresa de la editorial. IMPRESO EN LA ARGENTINA - PRINTED IN ARGENTINA Hecho el depósito que previene la ley 11. 723 Prólogo Acerca de lo leve y lo líquido, La interrupción, la incoherencia, la sorpresa son las condiciones habituales de nuestra vida.

Se han conver tido incluso en necesidades reales para muchas perso nas, cuyas mentes sólo se alimentan [ ... ] de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados [ ... ]Ya no toleramos nada que dure. Ya no sabemos có mo hacer para lograr que el aburrimiento dé fruto. Entonces, todo el tema se reduce a esta pregunta: ¿la mente humana puede dominar lo que la mente hu mana ha creado? PAUL VALÉRY La "fluidez" es la cualidad de los líquidos y los gases.

Según nos infor ma la autoridad de la Encyclopcedia Britannica, lo que los distingue de los sólidos es que "en descanso, no pueden sostener una fuerza tangen cial o cortante" y, por lo tanto, "sufren un continuo cambio de forma cuando se los somete a esa tensión". Este continuo e irrecuperable cambio de posición de una parte del material con respecto a otra parte cuando es sometida a una ten sión cortante constituye un flujo, una propiedad característica de los fluidos. Opuestamente, las fuerzas cortantes ejercidas sobre un sólido para doblarlo o flexionarlo se sostienen, y el sólido no fluye y puede volver a su forma original.

Los líquidos, una variedad de fluidos, poseen estas notables cualidades, hasta el punto de que "sus moléculas son preservadas en una disposición ·ordenada solamente en unos pocos diámetros moleculares"; en tanto, "la amplia variedad de conductas manifestadas por los sólidos es resultado - directo del tipo de enlace que reúne los átomos de los sólidos y de la dis posición de los átomos". "Enlace", a su vez, es el término que expresa la estabilidad de los sólidos -la resistencia que ofrecen "a la separación de los átomos"-.

7 8 MODERNIDAD LÍQUIDA Hasta aquí lo que dice la Encyclopcedia Britannica, en una entrada que apuesta a explicar la "fluidez" como una metáfora regente de la eta pa actual de la era moderna. En lenguaje simple, todas estas características de los fluidos implican que los líquidos, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente su forma. Los flúidos, por así decirlo, no se fijan al espacio ni se atan al tiempo.

En tanto los sólidos tienen una clara dimensión espacial pero neutralizan el impacto -y disminuyen la significación- del tiempo (resisten efectivamente su flujo o lo vuelven irrelevante), los fluidos no conservan una forma durante mucho tiempo y están constantemente dispuestos (y proclives) a cambiarla; por consiguiente, para ellos lo que cuenta es el flujo del tiempo más que el espacio que puedan ocupar: ese espacio que, después de todo, sólo llenan "por un momento". En cierto sentido los só lidos cancelan el tiempo; para los. líquidos, por el contrario, lo ~ue im porta es el tiempo.

En la descripción de los sólidos, es posible ignorar completamente el tiempo; en la descripción de los fluidos, se cometería un error grave si el tiempo se dejara de lado. Las descripciones de un fluido son como instantáneas, que necesitan ser fechadas al dorso. Los fluidos se desplazan con facilidad. "Fluyen", "se derraman", "se desbordan", "salpican", "se vierten", ''se filtran", "gotean", "inundan", "rocían'', "chorrean'', "manan", "exudan"; a diferencia de los sólidos no es p~sible detenerlos fácilmente -sortean algunos obstáculos, disuelve~ otros o se filtran a través de ellos, empapándolos...:..

Emergen incólumes de sus encuentros con los sólidos, en tanto que estos últimos -si es que si guen siendo sólidos tras el encuentro- sufren un cambio: se humedecen o empapan. La extraordinaria movilidad de los fluidos es lo que los asocia con la idea de "levedad". Hay líquidos que en pulgadas cúbicas son más pesados que muchos sólidos, pero de· todos modos tendemos a visualizar los como más livianos, menos "pesados" que cualquier sólido. Asociamos "levedad" o "liviandad" con movilidad e inconstancia: la práctica nos de muestra que cuanto menos cargados nos desplacemos, tanto más rápido será nuestro avance.

Estas razones justifican que consideremos que la "fluidez" o la "liqui dez" son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual -en muchos sentidos nueva- de la historia de la modernidad. Acepto que esta proposición pueda hacer vacilar a cualquiera que esté familiarizado con el "discurso de la modernidad" y con el vocabulario empleado habitualmen.te para narrar la historia moderna. ¿Acaso lamo dernidad no fue desde el principio un "proceso de licuefacción"? ¿Acaso "derretir los sólidos" no fue siempre su principal pasatiempo y su mayor PRÓLOGO 9 logro? En otras palabras, ¿acaso la modernidad no ha sido "fluida" desde el principio? .

Éstas y otras objeciones son justificadas, y parecerán más justificadas aun cuando recordemos que la famosa expresión "derretir los sólidos'', acuñada hace un siglo y medio por los autores del Manifiesto comunista, se refería al tratamiento con que el confiado y exuberante espíritu mo derno aludía a una sociedad que encontraba demasiado estancada para su gusto y demasiado resistente a los cambios ambicionados, ya que to das sus pautas estaban congeladas. Si el "espíritu" era "moderno", lo era en tanto estaba decidido a que la realidad se emancipara de la "mano muerta" de su propia his.toria ...

y eso sólo podía lograrse derritiendo los sólidos (es decir, según la definición, disolviendo todo aquello que per siste en el tiempo y que es indiferente a su paso e inmune a su fluir). Esa intención requería, a su vez, la "profanación de lo sagrado": la desauto rización y la negación del pasado, y primordialmente de la "tradi ción" -es decir, el sedimento y el residuo del pasado en el presente-. Por lo tanto, requería asimismo l.a destrucción de la armadura protectora forjada por las convicciones y lealtades que permitía a los sólidos resis tirse a la "licuefacción".

Recordemos, sin embargo, que todo esto no debía llevarse a cabo para acabar con los sólidos definitivamente ni para liberar al nuevo mundo de ellos para siempre, sino para hacer espacio a nuevos y mejores sólidos; para reemplazar el conjunto heredado de sólidos defectuosos y deficientes por otro, mejor o incluso perfecto, y por eso mismo inalterable. Al leer el Ancien Régime [El Antiguo Régimen y la Revolución] de De Tocqueville, podríamos preguntarnos además hasta qué punto esos "sólidos" no es taban de antemano resentidos, condenados y destinados a la licuefac ción, ya que se habían oxidado y enmohecido, tornándose frágiles y pocb confiables.

Los tiempos modernos encontraron a los sólidos premodernos en.'un estado bastante avanzado de desintegración; y uno de los motivos más poderosos que estimulaba su disolución era el deseo de descubrir o inventar sólidos cuya solidez fuera -por una vez- duradera, una solidez en la que se pudiera confiar y de la que se pudiera depender, volviendo al mundo predecible y controlable. Los primeros sólidos que debían disolverse y las primeras pautas sagra das que debían profanarse eran las lealtades tradicionales, los derechos y obligaciones a.costumbrados que ataban de pies.y manos, obstaculizaban los movimientos y constreñían la iniciativa.

Para encarar seriamente la tarea de construir un nuevo orden (¡verdaderamente sólido!), era nece sario deshacerse del lastre que el viejo orden imponía a los constructores. 10 MODERNIDAD LÍQUIDA "Derretir los sólidos" significaba, primordialmente, desprenderse d; las obligaciones "irrelevantes" que se interponían en el camino de ~n calcu lo racional de los efectos; tal como lo expresara Max Weber, liberar la iniciativa comercial de los grilletes de las obligaciones domésticas Y de la densa trama de los deberes éticos; o, según Thomas Carlyle, de todos los vínculos que condicionan la reciprocidad humana y la mutua responsa bilidad conservar tan sólo el "nexo del dinero".

A la vez, esa clase de "disol;ción de los sólidos" destrababa toda la compleja trama de las re laciones sociales, dejándola desnuda, desprotegida, desarmada _Y e~pues ta, incapaz de resistirse a las reglas del juego y .ª los cntenos de racionalidad inspirados y moldeados por el comercio, y menos capaz aun de competir 'con ellos de manera efectiva. . .

Esa fatal desaparición dejó el campo libre a la invasión y al domm10 de (como dijo Weber) la racionalidad instrumental, o (como l~ artic~ló · Marx) del rol determinante de la economía: las "bases" de la vida social infundieron a todos los otros ámbitos de la vida el status de "superes tructura" -es decir, un artefacto de esas "bases" cuya única función era contribuir a su funcionamiento aceitado y constante-. La disolución de los sólidos condujo a una progresiva emancipación de la economía de sus tradicionales ataduras políticas, éticas y culturales. Sedimentó un nuevo orden, definido primariamente en términos económicos.

Ese nuevo or~en debía ser más "sólido" que los órdenés que reemplazaba, porque -a dife rencia de ellos- era inmune a los embates de cualquier acción que no fue ra económica. Casi todos los poderes políticos o morales capaces de trastocar o reformar ese nuevo orden habían sido destruidos o incapacita dos, por debilidad, para esa tarea. Y no porque el orden económico, una vez establecido, hubiera colonizado, reeducado y convertido a su gusto el resto de la vida social, sino porque ese orden llegó a do.minar la totalidad de la vida humana, volviendo irrelevante e inefectivo todo aspecto de la vida que no contribuyera a su incesante y continua reproducción.

Esa etapa de la carrera de la modernidad ha sido bien descripta por Claus Offe (en "The utopía of the zero option", publicado por primera vez en 1987 en Praxis [nternational): las sociedades complejas "se han vuelto tan rígidas que el mero intento de renovar o pensar normativa mente su 'orden' -es decir la naturaleza de la coordinación de los pro cesos que se producen en 'ellas- está virtualmente obturado en funció? de su futilidad práctica y, por lo tanto, de su inutilidad esencial". Por li bres y volátiles que sean, individual o grupalmente, los ''.subsistemas" de ese orden se encuentran: interrelacionados de manera "rígida, fatal y sin ninguna posibilidad de libre elección".

El orden general de las cosas no PRÓLOGO 11 admite opciones; ni siquiera está claro cuáles podrían ser esas opciones, y aun menos da.ro cómo podría hacerse real alguna opción viable, en el improbable caso de que la vida social fuera capaz de concebirla y ges tarla. Entre el orden dominante y cada una de las agencias, vehículos y . estratagemas de cualquier acción efectiva se abre una brecha -un abismo . cada vez más infranqueable, y sin ningún puente a la vista-.

A diferencia de la mayoría de los casos distópicos, este efecto no ha sido consecuencia de un gobierno dictatorial, de la subordinación, l¡i opresión o la esclavitud; tampoco ha sido consecue,ncia de la "coloniza ción" de la esfera privada por parte del "sistema". Más bien todo lo con trario: la situación actual emergió de la disolución radical de aquellas amarras acusadas -justa o injustamente- de limitar la libertad individual de elegir y de actuar. La rigidez del orden es el artefacto y el sedimento de la libertad de los agentes humanos.

Esa rigidez es el producto general de "perder los frenos": de la desregulación, la liberalización, la "flexibiliza ción", la creciente fluidez, la liberación de los mercados financiero, labo ral e inmobiliario, la disminución de las cargas impositivas, etc. (como señalara Offe en "Binding, shackles, brakes", publicado por primera vez en 1987); o (citando a Richard Sennett en Flesh and Stone [Carne y pie dra}), de las técnicas de "velocidad, huida, pasividad" -en otras pala bras, técnicas que permiten que el sistema y los agentes libres no se comprometan entre sí, que se eludan en vez de reunirse-.

Si ha pasado la época de las revoluciones sistémicas, es porque no existen edificios pa ra alojar las oficinas del sistema, que podrían ser invadidas y capturadas por los revolucionarios; y también porque resulta extraordinariamente difícil, e incluso imposible, imaginar qué podrían hacer los vencedores, una vez dentro de esos edificios (si es que primero los hubieran encon trado), para revertir la situación y poner fin al malesta_r que los im~ulsó a rebelarse. Resulta evidente la escasez de esos potenciales revoluciona rios, de gente capaz de articular el deseo de cambiar su situ~ción indivi dual como parte del proyecto de cambiar el orden· de la sociedad.

La tar~a de construir un nuevo orden mejor para reemplazar al viejo y defectuoso no forma parte de ning_u~a agend_~ actua_l .-al men~,s ~o de la agenda donde supuestamente se situa la acc10n pol~tica-. La di~~lu­. ción de los sólidos", el rasgo permanente de la modermdad, ha adqumdo por lo tanto un nuevo significado, y sobre todo ha sido redirigida hacia un nuevo blanco: uno de los efectos más importantes de ese cambio de dirección ha sido la disolución de las fuerzas que podrían mantener el . tema del orden y del sistema dentro de la agenda polític~ ..

Los sólidos que han sido sometidos a la disolución, y que se están derntlendo en este 12 MODERNIDAD LIQUIDA momento, el momento de la modernidad fluida, son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivos -las estructuras de comunicación y coordinación entre las políticas de vida individuales y las acciones políticas colectivas-.

En una entrevista concedida a Jonathan Rutherford el 3 de febrero de 1999, Ulrich Beck (quien hace pocos años acuñó el término "segunda mo dernidad" para connotar la fase en que la modernidad "volvió sobre sí misma", la época de la soi-disant "modernización de la modernidad") ha bla de "categorías zombis" y de "instituciones iombis'', que están "muer tas y todavía vivas". Nombra la familia, la clase y el vecindario como ejemplos ilustrativos de este nuevo fenómeno. La familia, por ejemplo: ¿Qué es una familia en la actualidad? ¿Qué significa? Por supuesto, hay niños, mis niños, nuestros niños.

Pero hasta la progenitura, el núcleo de la vida familiar, ha empezado a desintegrarse con el di vorcio [ ... ] Abuelas y abuelos son incluidos y clkcluidos sin recur sos para participar en las decisiones de sus hijos e hijas. Desde el punto de vista de los nietos, el significado de los abuelos debe de terminarse por medio de decisiones y elecciones individuales, Lo que se está produciendo hoy es, por así decirlo, una redistribución y una reasignación de los "poderes de disolución" de la modernidad.

Al principio, esos poderes afectaban las instituciones existentes, los marcos que circunscribían los campos de acciones y elecciones posibles, como los patrimonios heredados, con su asignación obligatoria, no por gusto. Las configuraciones, las constelaciones, las estructuras de dependencia e interacción fueron arrojadas en el interior del crisol, para ser fundidas y después remodeladas: ésa fue la fase de "romper el molde" en la histo ria de la transgresora, ilimitada, erosiva modernidad.

No obst;nte, los individuos podían ser excusados por no haberlo advertido: tuvieron que enfrentarse a pautas y configuraciones que, aunque "nuevas y mejores'', seguían siendo tan rígidas e inflexibles como antes.

Por cierto, todos los moldes que se rompieron fueron reemplazados por otros; la gente fue liberada de sus viejas celdas sólo para ser censu rada y reprendida si no lograba situarse -por medio de un esfuerzo de dicado, continuo y de por vida- en los nichos confeccionados por el nuevo orden: en las clases, los marcos qúe (tan inflexiblemente como los ya di sueltos estamentos) encuadraban la totalidad de las condiciones y perspec tivas vitales, y condicionaban el alcance de los proyectos y estrategias de vida.

Los individuos debían dedicarse a la tarea de usar su nueva liber tad para encontrar el nicho apropiado y establecerse en él, siguiendo PRÓLOGO 13 fielmente las reglas y modalidades de conducta correctas y adecuadas a esa ubicación. Sin embargo, esos códigos y conductas que uno podía elegir como pun tos de orientación estables, y por los cuales era posible guiarse, escasean ·cada vez más en la actualidad. Eso no implica que nuestros contemporá neos sólo estén guiados por su propia imaginación, ni que puedan decidir a voluntad cómo construir un modelo de vida; ni que ya no dependan de la sociedad para conseguir los materiales de construcción o planos autori zados.

Pero .sí implica que, en este momento, salimos de la época de los "grupos de referencia" preasignados para desplazarnos hacia una era de "comparación universal" en la que el destino de la labor de construcción individual está endémica e irremediablemente indefinido, no dado de an temano, y tiende a pasar por numerosos y profundos cambios antes de al canzar su único final verdadero: el final de la vida del individuo.

En la actualidad, las pautas y configuraciones ya no están "determi nadas", y no resultan "autoevidentes" de ningún modo; hay demasia das, chocan entre sí y sus mandatos se contradicen, de manera que cada una de esas pautas y configuraciones ha sido despojada de su poder coercitivo o estimulante. Y, además, su naturaleza ha cambiado, por Jo cual han sido reclasificadas en consecuencia: como ítem del inventario de tareas individuales. En vez de preceder a la política de vida y de en cuadrar su curso futuro, deben seguirla (derivar de ella), y reformarse y remoldearse según los cambios y giros que esa política de vida experi mente.

El poder de licuefacción se ha desplazado del "sistema" a la "so ciedad'', de la "política" a las "políticas de vida" ... o ha descendido del "macronivel" al "micronivel" de la cohabitación social. Como resultado, la nuestra es una versión privatizada de la moder nidad, en la qµe el peso de la ·Construcción de pautas y la responsabili dad del fracaso caen primordialmente sobre los hombros del individuo. La licuefacción debe aplicarse ahora a las pautas de dependencia e inte racción, porque les ha tocado el turno. Esas pautas son maleables hasta un punto jamás experimentado ni imaginado por las generaciones ante riores, ya que, como todos los fluidos, no conservan mucho tiempo su forma.

Darles forma es más fácil que mantenerlas en forma. Los sólidos · son moldeados una sola vez. Mantener la forma de los fluidos requiere muchísima atención, vigilancia constante y un esfuerzo perpetuo ... e in cluso en ese caso el éxito no es, ni mucho menos, previsible. Sería imprudente negar o menospreciar el profundo cambio que el advenimiento de la "modernidad fluida" ha impuesto a la condición hu mana. El hecho de que la estructura sistémica se haya vuelto remota e 14 MODERNIDAD LÍQUIDA inalcanzable, combinado con el estado fluido y desestructurado del en cuadre de la política de vida, ha cambiado la condición humana de mo d?

rad,ical y exi?e repensar los viejos conceptos que solían enmarcar su discurso narrativo. Como zombis, esos conceptos están hoy vivos 1 . . y muertos a mismo tiempo. La pregunta es si su resurrección -aun en una nueva forma o encarnación- es factible; o, si no lo es, cómo disponer para ellos un funeral y una sepultura decentes. · Este libro está dedicado a esa pregunta. Hemos elegido examinar cinco conceptos básicos en torno de los cuales ha girado la narrativa ortodoxa de la _condición humana: emancipación, individualidad, tiempo/espacio, traba¡o_ y com~ni?ad.

Se ha~ explorado (aunque de manera muy frag menta:1a _y prehmmar) sucesivos avatares de sus significados y aplicacio nes practicas, con la esperanza de salvar a los niños del diluvio de aguas ·contaminadas. La modernidad significa muchas cosas, y su advenimiento y su avance pueden eval~arse empleando diferentes parámetros. Sin embargo, un rasgo de la vida moderna y de sus puestas en escena sobresale particu larmente, como "diferencia que hace toda la diferencia" como atributo crucial del que derivan todas las demás características. E~e atributo es el cambio en la relación entre espacio y tiempo.

, L~ mo~ernidad empieza cuando el espacio y el tiempo se separan de la practica vital y entre sí, y pueden ser teorizados como categorías de es trategia y acción mutuamente independientes, cuando dejan de ser -como s~lían ~erlo en los siglos premodernos- aspectos entrelazados y apenas discernibles de la experiencia viva, unidos por una relación de corres pondencia estable y aparentemente invulnerable. En la modernidad, el ti~mpo tiene historia, gracias a su "c~pacidad de contención" que se am pli~ permane~temente: la prolongación de los tramos de espacio que las unidades de tiempo permiten "pasar'', "cruzar", "cubrir" ... o conquis- _tar.

El tiempo adquiere historia cuando la velocidad de movimiento a través del espacio (a diferencia del espacio eminentemente inflexible, que no puede ser ampliado ni reducido) se convierte en una cuestión de in genio, imaginación y recursos humanos.

La idea misma de velocidad (y aun más conspicuamente, de acelera ción), referida a la relación entre tiempo y espacio, supone su variabili dad, y sería difícil que tuviera algún sentido si esa relación no fuera cambiante, si fuera un atributo de la realidad inhumana y prehumana en vez de estar condícíonacja a la inventiva y la determinación humanas, y si no hubiera trascendido el estrecho espectro de variaciones a las que PRÓLOGO 15 los instrumentos naturales de movilidad -los miembros inferiores hu manos o equinos- solían reducir los movimientos de los cuerpos pr~mo­dernos.

Cuando la distancia recorrida en una unidad de tiempo pasó a depender de la tecnología, de los medios de transporte artificiales exis tentes, los límites heredados de la velocidad de movimiento pudieron transgredirse. Sólo el cielo (o, como se reveló más tarde, la velocidad de la luz) empezó a ser el límite, y la modernidad fue un esfuerzo constante, imparable y acelerado por alcanzarlo. Gracias a sus recientemente adquiridas flexibilidad y capacidad de ex pansión, el tiempo moderno se ha convertido, primordialmente, en el arma para la conquista del espacio.

En la lucha moderna entre espacio y tiempo, el espacio era el aspecto sólido y estólido, pesado e inerte, capaz de enta blar solamente una guerra defensiva, de trincheras ... y ser un obstáculo para las flexibles embestidas del tiempo. El tiempo era el bando activo y dinámico del combate, el bando siempre a la ofensiva: la fuerza invaso ra, conquistadora y colonizadora. Durante la modernidad, la velocidad de movimiento y el acceso a medios de movilidad más rápidos ascendie ron hasta llegar a ser el principal instrumento de poder y dominación. Michel Foucault usó el diseño del panóptico de Jeremy Bentham co mo archimetáfora del poder moderno.

En el panóptico, los internos es taban inmovilizados e impedidos de cualquier movimiento, confinados dentro de gruesos muros y murallas custodiados, y atados a sus camas, celdas o bancos de trabajo. No podían moverse porque estaban vigila dos; debían permanecer en todo momento en sus sitios asignados por que no sabían, ni tenían manera de saber, dónde se encontraban sus vigilantes, que tenían libertad de movimiento. La facilidad y la disponi bilidad de movimiento de los guardias eran garantía de dominación; la "inmovilidad" de los internos era muy segura, la más difícil de romper entre todas las ataduras que condicionaban su subordinación.

El domi nio del tiempo era el secreto del poder de los jefes ... y tanto la inmoviliza ción de sus subordinados en el espacio mediante la negación del derecho a moverse como la rutinización· del ritmo temporal impuesto eran las principales estrategias del ejercicio del poder. La pirámide de poder es taba construida sobre la base de la velocidad, el acceso a los medios de transporte y la subsiguiente libertad de movimientos. El panóptico era un modelo de confrontación entre los dos lados de la relación de poder .. Las estrategias de los jefes -salvaguardar la propia vo latilidad y rutinizar el flujo de tiempo de sus subordinados- se fusionaron. Pero existía cierta tensión entre ambas tareas.

La segunda tarea ponía límites a la primera: ataba a los "rutinizadores" al lugar en el cual habían 16 MODERNIDAD LÍQUIDA sido confinados los objetos de esa rutinización temporal. Los "rutiniza dores" no tenían una verdadera y plena libertad de movimientos: era im posible considerar la opción de que pudiera haber "amos ausentes". El panóptico tiene además otras desventajas. Es una estrategia costosa: conquistar el espacio y dominarlo, así como mantener a los residentes en el lugar vigilado, implica una gran variedad de tareas administrativas en gorrosas y caras.

Hay que construir y mantener edificios, contratar y pa gar a vigilantes profesionales, atender y abastecer· la supervivencia y la capacidad laboral de los internos. Finalmente, administrar significa, de una u otra manera, responsabilizarse del bienestar general del lugar, aunque sólo sea en nombre del propio interés ... y la responsabilidad sig nifica estar atado al lugar. Requiere presencia y confrontación, al menos bajo la forma de presiones y roces constantes.

Lo que induce a tantos teóricos a hablar del "fin de la historia", de posmodernidad, de "segunda modernidad" y "sobremodernidad", o ar ticular la intuición de un cambio radical en la cohabitación humana y en las condiciones sociales que restringen actualmente a las políticas de vi da, es el hecho de que el largo esfuerzo por acelerar la velocidad del mo vimiento ha llegado ya a su "límite natural". El poder puede moverse con la velocidad de la señal electrónica; así, el tiempo requerido para el mo vimiento de sus ingredientes esenciales se ha reducido a la instantaneidad.

En la práctica, el poder se ha vuelto verdaderamente extraterritorial, y ya no está atado, ni siquiera detenido, por la resistencia del espacio (el ad venimiento de los teléfonos celulares puede funcionar como el definitivo "golpe fatal" a la dependencia del espacio: ni siquiera es necesario acce der a una boca telefónica para poder dar una orden y controlar sus efec tos. Ya no importa dónde pueda estar el que emite la orden -la distinción entre "cerca" y "lejos", o entre lo civilizado y lo salvaje, ha sido prácti camente cancelada-).

Este hecho confiere a los poseedores de poder una oportunidad sin precedentes: Ja de prescindir de los aspectos más irritan tes de la técnica panóptica del poder. La etapa actual de la historia de la modernidad -sea lo que fuere por añadidura- es, sobre todo, pospanóp tica. En el panóptico lo que importaba era que supuestamente las perso nas a cargo estaban siempre "allí", cerca, en la torre de control. En las relaciones de poder pospanópticas, lo que importa es que la gente que maneja el poder del que depende el destino de los socios menos volátiles de la relación puede ponerse en cualquier momento fuera de alcance ... y volverse absolutamente inaccesible.

· El fin del panóptico augura el fin de la era del compromiso mutuo: en tre supervisores y supervisados, trabajo y capital, líderes y seguidores, ejér PRÓLOGO 17 citos en guerra. La principal técnica de poder es ahora la huida, el escurri miento, la elisión, la capacidad de evitar, el rechazo concreto de cualquier confinamiento territorial y de sus engorrosos corolarios de construcción y mantenimiento de un orden, de la responsabilidad por sus consecuencias y de la necesidad de afrontar sus costos. Esta nueva técnica de poder ha sido ilustrada vívidamente por las es trategias empleadas durante la Guerra del Golfo y la de Yugoslavia.

En la conducción de la guerra, la reticencia a desplegar fuerzas terrestres fue notable; a pesar de lo que dijeran las explicaciones oficiales, esa reticen cia no era producto solamente del publicitado síndrome de "protección de los cuerpos". El combate directo en el campo de batalla no fue evita do meramente por su posible efecto adverso sobre la política doméstica, sino también (y tal vez principalmente) porque era inútil por completo e incluso contraproducente para los propósitos de la guerra.

Después de to do, la conquista del territorio, con todas sus consecuencias administra tivas y gerenciales, no sólo estaba ausente de la lista de objetivos bélicos, sino que era algo que debía evitarse por todos los. medios y que era con siderado con repugnancia como otra clase de "daño colateral" que, en esta oportunidad, agredía a la fuerza de ataque.

Los bombard.eos realizados por medio de casi invisibles aviones de combate y misiles "inteligentes" -lanzados por sorpresa, salidos de la nada y capaces de desaparecer inmediatamente- reemplazaron las inva siones territoriales de las tropas de infantería y el esfuerzo por despojar al enemigo de su territorio, apoderándose de la tierra controlada y admi nistrada por el adversario. Los atacantes ya no deseaban para nada ser "los últimos en el campo de batalla" después de que el enemigo huyera o fuera exterminado.

La fuerza militar y su estrategia bélica de "golpear y huir" prefiguraron, anunciaron y encarnaron aquello que realmente es taba en juego e~ el nuevo tipo de guerra de la época de la modernidad líquida: ya no la conquista de un nuevo territorio, .sino la demolición de los muros que impedían el flujo de los nuevos poderes globales fluidos; sacarle de la cabeza al enemigo todo deseo de establecer sus propias re glas para abrir de ese modo un espacio -hasta entonces amurallado e inaccesible- para la operación de otras armas (no militares) del poder. Se .

podría decir {parafraseando la fórmula clásica de Clausewitz) que la guerra de hoy se parece cada vez más a "la promoción del libre comercio mundial por otros medios". Recientemente, Jim MacLaughlin nos ha recordado (en Sociology, 1/99) que el advenimiento de la era moderna significó, entre otras cosas, el ataque consistente y sistemático de los "establecidos", convertidos al modo de 18 MODERNIDAD LÍQUIDA vida sedentario, contr.a los pueblos y los estilos de vida nómades,. comple tamente adversos a las preocupaciones territoriales y fronterizas del emer gente Estado moderno.

En el siglo XN, Ibn Khaldoun podía cantar sus alabanzas del nomadismo, que hace que los pueblos "se acerquen más a la bondad que los sedentarios porque ( ... ] están más alejados de los ma los hábitos que han infectado los corazones sedentarios", pero la febril construcción de naciones y estados-nación que se desencadenó poco tiem po después en toda Etiropa puso el "suelo" muy por encima de la "san gre" al sentar las bases del nuevo orden legislado, que codificaba los derechos y deberes de los ciudadanos.

Los nómades, que menospreciaban las preocupaciones territoriales de los legisladores y que ignoraban abso lutamente sus fanáticos esfuerzos por establecer fronteras, fueron presen tados como los peores villanos de la guerra santa entablada en nombre del progreso y de la civilización. Los modernos "cronopolíticos" no sólo los consideraron seres inferiores y primitivos, "subdesarrollados" que necesi taban ser reformados e ilustrados, sino también retrógrados que sufrían "retraso cultural", que se encontraban en los peldaños más bajos de la es cala evolutiva y que eran, por añadidura, imperdonablemente necios por su reticencia a seguir "el esquema universal de desarrollo".

Durante toda la etapa sólida de la era moderna, los hábitos nómades fueron mal considerados. La ciudadanía iba de la mano con el sedenta rismo, y la falta de un "domicilio fijo" o la no pertenencia a un "Estado" implicaba la exclusión de la comunidad respetuosa de la ley y protegida por ella, y con frecuencia condenaba a los infractores a la discriminación legal, cuando no al enjuiciamiento.

Aunque ese trato todavía se aplica a la "subclase" de los sin techo, que son sometidos a las viejas técnicas de control panóptico (técnicas que ya no se emplean para integrar y discipli nar a la mayoría de la población), l¡¡ época de la superioridad incondicio nal del sedentarismo sobre el nomadismo y del dominio de lo sedentario sobre lo nómade tiende a finalizar. Estamos asistiendo a la venganza del nomadismo contra el principio de la territorialidad y el sedentarismo. En la etapa fluida de la modernidad,. la mayoría sedentaria es gobernada por una elite nómade y extraterritorial.

Mantener los caminos libres para el tráfico nómade y eliminar los pocos puntos de control fronterizo que quedan se ha convertido en el metaobjetivo de la política, y también de las guerras que, tal como lo expresara Clausewitz, son solamente "la ex pansión de la política por otros medios". La elite global contemporánea sigue el esquema de los antiguos "amos ausentes". Puede gobernar sin cargarse.con las tareas administra tivas, gerenciales o bélicas y, por añadidura, también puede evitar la mi PRÓLOGO 19 sión de "esclarecer", "reformar las costumbres'', "levantar la moral", "civilizar" y cualquier cruzada cultural.

El compromiso activo con la vi da de las poblaciones subordinadas ha dejado de ser necesario (por el contrario, se lo evita por ser costoso sin razón alguna y poco efectivo), Y por lo tanto lo "grande" no sólo ha dejado de ser "mejor", sino que ha perdido cualquier sentido racional. Lo pequeño, lo liviano, lo más portable significa ahora mejora y "progreso". Viajar liviano, en vez de aferrarse a cosas consideradas confiables y sólidas -por su gran peso, so lidez e inflexible capacidad de resistencia-, es ahora el mayor bien y sím bolo de poder. . Aferrarse al suelo no es tan importante si ese suelo puede ser alcan zado y abandonado a voluntad, en poco o en casi ningún tiempo.

Por otro lado, aferrarse demasiado, cargándose de compromisos mutuamente in quebrantables, puede resultar positivamente perjudicial, mientras las nuevas oportunidades aparecen en cualquier otra parte. Es comprensible que Rockefeller haya querido que sus fábricas, ferrocarriles y pozos pe troleros fueran grandes y robustos, para poseerlos durante mucho, mucho tiempo (para toda la eternidad, si medimos el tiempo según la duración de la vida humana o de la familia).

Sin embargo, Bill Gates se separa sin pena de posesiones que ayer lo enorgullecían: hoy, lo que da ganancias es la desenfrenada velocidad de circulación, reciclado, envejecimiento, descarte y reemplazo -no la durabilidad ni la duradera confiabilidad del producto-. En una notable inversión de la tradición de más de un mile nio, los encumbrados y poderosos de hoy son quienes rechazan y evitan lo durable y celebran lo efímero, mientras los que ocupan el lugar más bajo -contra todo lo esperable- luchan desesperadamente para lograr que sus frágiles, vulnerables y efímeras posesiones duren más y les rin dan servicios duraderos.

Los encumbrados y los menos favorecidos se encuentran hoy en lados opuestos de las grandes liquidaciones y en las ventas de autos usados. La desintegración de la trama social y el desmoronamiento de las agen cias de acción colectiva suelen señalarse con gran ansiedad y justificarse como "efecto colateral" anticipado de la nueva levedad y fluidez de un poder cada vez más móvil, escurridizo, cambiante, evasivo y fugitivo. Pero la desintegración social es tanto una afección como un resultado de la nueva técnica del poder, que emplea como principales instrumentos el descompromiso y el arte de la huida.

Para que el poder fluya, el mundo debe estar libre de trabas, barreras, fronteras fortificadas y controles. Cualquier trama densa de nexos sociales, y particularmente una red es- 20 MODERNIDAD LÍQUIDA trecha con base territorial, implica un obstáculo que debe ser eliminado. Los poderes globales están abocados al desmantelamiento de esas redes, en nombre de una mayor y constante fluidez, que es la fuente principal de su fuerza y la garantía d~ su invencibilidad. Y el derrumbe, la fragili dad, la vulnerabilidad, la transitoriedad y la precariedad de los vínculos y redes humanos permiten que esos poderes puedan actuar.

Si estas tendencias mezcladas se desarrollaran sin obstáculos, hom bres y mujeres serían remodelados siguiendo la estructura del mol elec trónico, esa orgullosa invención de los primeros años de la cibernética que fue aclamada como un presagio de los años futuros: un enchufe por tátil, moviéndose por todas partes, buscando desesperadamente tomaco rrientes donde conectarse. Pero en la época que auguran los teléfonos celulares, es probable que los enchufes sean declarados obsoletos y de mal gusto, y que tengan cada vez menos calidad y poca oferta.

Ya aho ra, muchos abastecedores de energía eléctrica enumeran las ventajas de conectarse a sus redes y rivalizan por el favor de los buscadores de en chufes. Pero a largo plazo (sea cual fuere el significado que "a largo pla zo" pueda tener en la era de la instantaneidad) lo más probable es que los enchufes desaparezcan y sean reemplazados por baterías descartables que venderán los kioscos de todos los aeropuertos y todas las estaciones de servicio de autopistas y caminos rurales. · Parece una diotopía hecha a la medida de la modernidad líquida ... adecuada para reemplazar los temores consignados en las pesadillas al estilo Orwell y Huxley. Junio de 1999. 1.

Emancipación Hacia fines de las "tres gloriosas décadas" que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial ~tres décadas de crecimiento sin precedentes y de afianzamiento de la riqueza y de la seguridad económica del próspe ro Occidente-, Herbert Marcuse protestaba: En cuanto al presente y a nuestra propia situación, creo que nos enfrentamos a un nuevo momento de la historia, porque hoy de bemos liberarnos de una sociedad relativamente funcional, rica y poderosa[ ...

] El problema al que nos enfrentamos es la necesidad de liberarnos de una sociedad que atieñde en gran medida a las demandas materiales e incluso culturales del hombre -una socie dad que, por usar un eslogan, reparte sus mercancías a un amplio sector de la población-. Y esto implica que nos enfrentamos a la liberación de una sociedad en donde la .liberación no tiene el apa rente sustento de las masas. 1 Para Marcuse, que debamos y tengamos que emanciparnos, "liberarnos de la sociedad", no representaba un problema. Lo que sí era un proble ma -el problema específico de una sociedad que "reparte sus mercan cías"- es que esa liberación carecía de un "sustento de las masas".

Para decirlo más sencillamente: pocos individuos deseaban liberarse, todavía menos estaban ·dispuestos a actuar para lograrlo, y prácticamente nadie sabía con certeza en qué medida esa "liberación de la.sociedad" sería di ferente de la situación en la que ya se hallaban todos ellos. "Liberarse" significa literalmente deshacerse de las ataduras que im piden o constriñen el movimiento, comenzar a sentirse libre de actuar y moverse. "Sentirse libre" implica no encontrar estorbos, obstáculos, re- .sistencias de ningún tipo que impidan los movimientos deseados o que · puedan llegar a desearse.

Tal como lo observara Arthur Schopenhauer, la "realidad" es creada por el acto del deseo; la empecinada indiferencia 1 Herbert Marcuse, "Liberation from the affluent society", en: Stephen Eric Bronner y Douglas MacKay Kellner (comps.), Critica/ Theory and ·Society: a Reader, Londres, Routledge, 1989, p. 227. 21 22 MODERNIDAD LÍQUIDA del mundo a nuestras pretensiones, esto es, la reticencia del mundo a so meterse a nuestra voluntad, nos devuelve la percepción del mundo "real": restri.ctivo, limitante y desobediente.

Sentirse libre de restricciones, libre de actuar según el propio deseo, implica alcanzar un equilibrio entre los de seos, la imaginación y la capacidad de actuar: nos sentimos libres siempre y cuando nuestra imaginación no exceda nuestros verdaderos deseos y ni una ni los otros sobrepasen nuestra capacidad de actuar. Por lo tanto, el equilibrio puede alcanzarse y conservarse inalterable de dos maneras dife rentes: agostando, recortando el deseo y/o lá imaginación, o ampliando la capacidad de acción. Una vez alcanzado el equilibrio, y en tanto perma nezca intacto, la "liberación" resulta un eslogan vacío de significado y ca rente de motivación.

Esto nos permite diferenciar entre libertad "subjetiva" y libertad "ob jetiva" -así como entre "necesidad de liberación" subjetiva u objetiva-.

Puede suceder qu~ la voluntad de progreso se vea frustrada o directamen te no emerja (por ejemplo, y según lo explicaba Sigmund Freud, por la presión ejercida por el "principio de realidad" sobre el principio del pla cer del ser humano) y que las intenciones, ya sean reales o tan sólo ima ginarias, sean recortadas para adecuarlas al tamaño de la capacidad de actuar, y, en particular, de actuar de manera razonable -con alguna po sibilidad de éxito-, Por el contrario, también puede suceder que a través de la manipulación directa de las intenciones -una suerte de "lavado de cerebro"- uno jamás llegue·a poner a prueba sus capacidades "objetivas" de actuar, y menos aun a averiguar cuáles son, colocando el nivel de las aspiraciones por debajo del de la libertad "objetiva".

La distinción entre libertad "subjetiva" y "objetiva" abrió una ver dadera caja de Pandara repleta de desconcertantes problemas del tipo "fenómeno vs. esencia'', cuestiones de variada pero significativa relevan cia filosófica y potencialmente enorme trascendencia política. Una de esas cuestiones fue la posibilidad de que lo que experimentamos como libertad no lo sea en absoluto; que las personas puedan estar satisfechas de lo que les toca aunque diste mucho de ser "objetivamente" satisfac torio; que, viviendo en la esclavitud, se sientan libres y por lo tanto no experimenten ninguna necesidad de liberarse, renunciando a toda posi bilidad de acceder a una libertad genuina.

El corolario de este razona miento fue la suposición de que las personas puedan no ser jueces competentes de su propia situación, y deban ser forzadas o engatusadas, pero en cualquier caso conducidas a experimentar la necesidad de ser "objetivamente" librés y a juntar el coraje y la determinación necesarios para luchar por ello. Un presentimiento aun más negro carcomía el coc EMANCIPACIÓN 23 razón de los filósofos: que a las personas simplemente les disgustaba la idea de ser libres y que, dados los sinsabores que el ejercicio de su liber tad podía implicar, rechazaban la perspectiva de su emancipación.

Las bendiciones a medias de la libertad En una versión apócrifa del famoso episodio de la Odisea ("Odysseus und die Schweine: das Unbehagen an der Kultur"), Lion Feuchtwanger sugiere que los marineros hechizados y transformados en cerdos por Cir ce estaban encantados con su nueva condición y resistieron desesperada mente los intentos de Odisea por romper el hechizo y devolverles la forma humana. Cuando Odiseo les dice que ha encontrado unas hierbas mágicas capaces de deshacer el hechizo y que pronto volverán a ser hu manos, los marineros-devenidos-cerdos corren a esconderse a tal veloci dad que su ferviente salvador no puede alcanzarlos.

Cuando Odiseo logra finalmente atrapar a uno de los cerdos y frotarlo con la hierba mi lagrosa, de esa pelambre surge Elpenor, un marinero como cualquiera, insiste Feuchtwanger, común y corriente desde todo punto de vista, "igual a todos los demás, ni especialmente dotado para la lucha ni no table por su ingenio". El "liberado" Elpenor, en absoluto agradecido por su liberación, atacó furiosamente a su "liberador": ¿Así que has vuelto, granuja entrometido? ¿Otra vez a fastidiar nos y a molestarnos? ¿Otra vez a exponer nuestros cuerpos al pe ligro y a obligar a nuestros corazones a tomar nuevas decisiones?

Yo estaba tan contento, podía revolcarme en el fango y retozar al sol, podía engullir y atracarme, gruñir y roncar, libre de dudas y razonamientos: "¿qué debo hacer, esto o aquello?". ¡¿A qué vinis te?! ¿A arrojarme de nuevo a mi odiosa vida anterior? La liberación, ¿es una bendición o una maldición? ¿Una maldición dis frazada de bendición o una bendición temida como una maldición? Cuando resultó evidente e insoslayable que la libertad se hacía esperar y que aquellos a quienes estaba destinada no le preparaban una bienveni- .

da entusiasta, esos interrogantes torturaron a los pensadores durante la mayor parte de Ja·edad moderna, que puso la "liberación" a la cabeza de su programa de reforma política y la "libertad" a la cabeza de su sis tema de valores. Surgieron dos clases de respuestas. La primera dudaba de que la "gente común" estuviera preparada para la libertad. Como lo expresara el escritor estadounidense Herbert Sebastian Agar (en A Time for 24 MODERNIDAD LÍQUIDA Greatness, 1942), "la verdad que hace libres a los hombres es en gran parte la verdad que los hombres prefieren no escuchar".

La segunda cla se de' respuestas se inclinaba por aceptar que los hombres dudaban de los beneficios que las libertades disponibles podían redituarles. Las respuestas del primer tipo movían intermitentemente a la compa sión por la "gente" engañada, embaucada y obligada a abandonar toda oportunidad de libertad, o al desprecio y la cólera contra las "masas" reacias a asumir los riesgos y las responsabilidades que son parte de una autonomía y una autodeterminación genuinas. La queja de Marcuse es una combinación de ambos sentimientos, así como un.intento de respon- - sabilizar a esa nueva prosperidad por la evidente reconciliación de los cautivos con su falta de libertad.

Otros intentos de atender a esa queja mencionaban el "aburguesamiento" de los desvalidos (la sustitución de "tener" por "ser", y de "ser" por "actuar", como valores supremos) y la "cultura de masas" (un daño cerebral colectivo causado por la "indus tria de la cultura~' que instalaba una sed insaciable de entretenimiento y diversión allí donde deberían estar -<:orno diría Matthew Arnold- "la pasión por la dulzura y la luz, y la pasión por hacerlas prevalecer"). Las respuestas del segundo tipo sugerían qúe la clase de libertad ensal zada por los libertarios entusiastas no es, contrariamente a sus afirmacio nes, garantía alguna de felicidad, sino que es más proclive a acarrear desdicha.

De acuerdo con este punto de vista, los libertarios se equivocan al afirmar, como por ejemplo David Conway2 cuando reformula el prin cipio de Henry Sidgwick, que la felicidad general se promueve de manera efectiva manteniendo en los adultos "la esperanza de que cada uno depen derá de sus propios recursos para satisfacer sus propios deseos'', o Char les Murray, 3 que se deshace en elogios al describir la felicidad inherente a las búsquedas individuales: "aquello que hace satisfactorio un aconteci miento es que es uno quien lo ha realizado [ ... ] con parte sustancial del peso de la responsabilidad sobre los hombros de uno, y habiendo contri buido uno en gran medida a su éxito".

"[Depender] de [los] propios re cursos para satisfacer [los] propios deseos" nos augura el tormento mental y la agonía de la indecisión, mientras que "[el] peso de la responsabilidad 2 David Conway, Classical Liberalism: the Unvanquished Ideal, Nueva York, St. Martin's Press, 1955, p. 48. 3 Charles Murray, What it Means to be a Libertarian: a Personal Iitterpretation, Nueva York, Broadway Books, 1997, p. 32. Véanse también los atinados comentarios de Jeffrey Friedman en "What is wrong with libertarianism", en: Critica/ Review, verano de 1997, pp. 407-467.

EMANCIPACIÓN 25 sobre [los] propios hombros" provoca un miedo paralizante al riesgo y al fracaso, y no da derecho a apelación ni resarcimiento. Éste no puede ser el verdadero significado de la "libertad'', y si la libertad que "en realidad existe", la libertad disponible, significa todo eso, entonces no puede ser garantía de felicidad ni una meta por la que valga la pena luchar. Las respuestas del segundo tipo se derivan en definitiva del horror visceral hobbesiano por el "hombre sin freno".

Ganan su credibilidad presuponiendo que un ser humano liberado de las restricciones coerciti vas de la sociedad (o que nunca estuvo sujeto a ellas) es más una bestia que un individuo libre, y el horror que generan se deriva de otro presu puesto, a saber, que la ausencia de restricciones efectivas haría de Ja vi da algo "feo, brutal y breve" -y, por lo tanto, en absoluto feliz-.

Ese mismo principio hobbesiano fue elaborado por Émile Durkheim bajo la forma de una filosofía social abarcadora, según la cual la "norma" -me dida sobre la base del promedio, o lo más común, y sostenida sobre la base de severas sanciones punitivas- libera verdaderamente a los poten ciales seres humanos de la más horrenda y aterradora esclavitud; el tipo de esclavitud que no reside en ninguna pr~sión externa sino que acecha desde adentro, en la naturaleza presocial o asocial del hombre. Según es ta filosofía, la coerción social es una fuerza emancipadora y la única es peranza razonable de libertad a la que los humanos pueden aspirar.

El individuo se somete a la sociedad y esta sumisión es la condi ción de su liberación. Para el hombre, la liberación consiste en li brarse de las foerzas físicas ciegas e irracionales; lo consigue oponiéndoles la enorme e inteligente fuerza de la sociedad, bajo cuya protección se ampara. Poniéndose bajo el ala de la sociedad se vuelve, en cierta medida, dependiente de ella. Pero se trata de una dependencia liberadora, no hay contradicción en ello.4 No sólo no hay contradicción entre dependencia y liberación sino que no existe otra manera de alcanzar la liberación más que "(someterse] a la so ciedad" y seguir sus normas. La libertad no puede obtenerse en contra de la sociedad.

El resultado de la rebelión contra las normas, aun si los rebel des no se han transformado directamente en bestias y perdido la capaci- . dad de juzgar su propia condición, es la agonía perpetua de la indecisión unida a la incertidumbre acerca de las intenciones y las acciones de los 4 De Sociologie et philosophie (1924), en: Émile Durkheim: Selected Writings, Cam bridge, Cambridge University Press, 1972, p. 115 [traducción.castellana: Sociología y filo sofía, Madrid, Miño y Dávila Editores, 2000]. 26 _ MODERNIDAD LfQUIDA -q!le nos rodean -algo capaz de convertir la vida en un infierno-. La ruti na Y.

las pautas de comportamiento impuestas por la condensación de las presiones sociales le ahorran al ser humano esa agonía: gracias a la mo notonía y a la regularidad de patrones de conducta recomendados incul cados y compulsivos, los humanos saben cómo actuar en la may~ría de los casos y rara vez enfrentan una situación que no esté señalizada, en la que deban tomar decisiones bajo la propia responsabilidad sin el tranqui lizador conocimiento previo de sus consecuencias, transformando cada movimiento en una encrucijada preñada de riesgos difíciles de calcular. La ausencia de normas o su mera oscuridad -anomia- es lo peor que le puede ocurrir a la gente en su lucha por llevar adelante sus vidas.

Las nor mas posibilitán al imposibilitar; la anomia augura una imposibilidad lisa y llana. Si las tropas de la regulación normativa abandonan el cámpo de batalla de la vida, sólo quedan la duda y el miedo.

Como dijera memo rablemente Erich Fromm, cuando "cada individuo debe dar un paso al frente y probar su suerte" -cuando "debe nadar o hundirse"-, comienza "la búsqueda compulsiva de certeza", la desesperada búsqueda de "solu ciones" capaces de "eliminar la conciencia de la duda'', y todo aquello que prometa "asumir la responsabilidad de la 'certeza"' es bienvenido.5 "La rutina puede degradar, pero también puede proteger"; así lo afir ma Richard Sennett, para luego recordar a sus lectores la antigua contro versia entre Adam Smith y Denis Diderot.

Mientras que Smith prevenía a sus lectores de los efectos degradantes y anquilosantes de la rutina de trabajo, "Diderot no consideraba que la ri:rtina de trabajo fuera degra dante [ ... ] El más importante heredero moderno de Diderot, el sociólogo Anthony Giddens, ha intentado mantener viva esa postura señalando el valor fundamental que tiene el hábito tanto para las prácticas sociales co mo para el autoconocimiento". La proposición del propio Sennett es sen cilla: "imaginar una vida de impulsos momentáneos, de acciones a corto plazo, carente de rutinas sostenibles, una vida sin hábitos, es imaginar, justamente, una existencia insensata".

6 La vida no ha llegado todavía al extremo de volverse insensata, pero ha sido bastante dañada, y todas las futuras herramientas de certeza, in cluidas las nuevas rutinas inventadas (que difícilmente duren lo suficiente 5 Erich Fromm, Fear of Freedom, Londres, Routledge, 1960, pp. 51 y 67 [traducción castellana: El miedo a la libertad, Barcelona, Paidós, 1998]. 6 Richard Sennett, The Corrosion of Character: the Perso11al Consequences of Work i11 the New Capitalism, Nueva York, W. W. Norton & Co., 1998, p. 44 [traducción cas· tellana: La corrosión del ~arácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo ca· pitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000].

EMANCIPACIÓN 27 como para llegar a transformarse en hábitos y que, de mostrar signos de adicción, probablemente generarán resistencias), no son más que mule tas, artificios de la ingenuidad humana que sólo se parecen al original si nos abstenemos de observarlos muy de cerca. Toda certeza posterior al "pecado original" del desmantelamiento de ese mundo real, colmado de rutinas y carente de reflexión, no puede sino ser una certeza fabricada, una certeza burda y descaradamente "inventada", cargada con toda la vulnerabilidad innata de las decisiones humanas.

Gilles Deleuze y Felix Guattari insisten: Ya no creemos en el mito de la existencia de fragmentos que, co mo pedazos de una antigua estatua, esperan que la última pieza faltante sea descubierta para así ser pegados creando una unidad exactamente igual a la unidad original. Ya no creemos que alguna vez haya existido una totalidad primordial, como tampoco que una totalidad final nos espere en el futuro. 7 Lo que se ha roto ya no puede ser pegado. Abandonen toda esperanza de unidad, tanto futura como pasada, ustedes, los que ingresan al mun do de la modernidad fluida.

Ya es tiempo de anunciar, como lo hizo re cientemente Alain Touraine, "la muerte de la definición del ser humano como ser social, definido por su lugar en una sociedad que determina sus acciones y comportamientos". En cambio, el principio de combinación de "la definición estratégica de la acción social no orientada por las nor mas sociales" y "la defensa, por parte de todos los actores sociales, de su especificidad cultural y psicológica [ ...

] puede encontrarse en el indi viduo, y ya no en las instituciones sociales o los principios universales" .8 El presupuesto tácito que sostiene una postura tan radical es que ya ha sido alcanzada toda la libertad concebible o asequible; no queda más que barrer los rincones y llenar algunos espacios en blanco -tarea que segura mente será terminada en breve-. Los hombres y mujeres son absoluta y verdaderamente libres, y por lo tanto el programa de la emancipación ha sido agotado. La queja de Marcuse y la nostalgia comunitaria por la co munidad perdida pueden ser manifestaciones de valores opuestos, pero ambos son igualmente anacrónicos.

Ni el rearraigamiento de lo desarrai 7 Gilles Deleuze y Felix Guattari, Anti-Oedipus: Capitalism and Schizophrenia, trad. de Roben Hurley, Nueva York, Viking Press, 1977, p. 42 [traducción castellana: El anti· Edipo: capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, Paidós, 1998]. 8 Alain Touraine, "Can we live together, equal and different?", en: European Journal of Social Theory, noviembre de 1998, p. 177. 28 MODERNIDAD LÍQUIDA gado ni el "despertar del pueblo" a la incompleta labor de la liberación son ya posibles.

El dilema de Marcuse ha perdido vigencia, ya que se le ha garantizado al "individuo" toda la libeétad que hubiera podido soñar o anhelar; las instituciones sociales están deseosas de traspasar a la iniciati va individual el incordio que representan las definiciones y las identidades, a la vez que resulta difícil encontrar principios universales contra los cua les rebelarse.

En cuanto al sueño comunitarista de "dar nuevo arraigo a lo desarraigado'', nada puede cambiar el hecho de que únicamente hay tran sitorias camas de hotel, bolsas de dormir y divanes de análisis, y que de ahora en más las comunidades -más postuladas que" imaginadas"- ya no serán las fuerzas que determinen y definan las identidades sino tan sólo ar tefactos efímeros del continuo juego de la individualidad. Los azares y los cambios de fortuna de la crítica Cornelius Castoriadis afirma que lo que está mal en la sociedad en la que vivimos es que ha dejado de cuestionarse a sí misma.

Se trata de un tipo · de sociedad que ya no reconoce la alternativa de otra sociedad, y por lo tanto se considera absuelta del deber de examinar, demostrar, justificar (y más aun probar) la validez de sus presupuestos explícitos o implícitos. Sin embargo, esto no significa que nuestra sociedad haya eliminado (o pueda eliminar, cerrando el paso a un levantamiento generalizado) el pensamiento crítico como tal. Tampoco ha desalentado (y menos aun amedrentado) su exteriorización.

Muy por el contrario: nuestra socie dad -una sociedad de "individuos libres"- ha hecho de la crítica de la realidad, de la desafección de "lo que es" y de la exteriorización de esa · desafección una parte obligatoria.a la vez que inevitable de las ocupacio nes vitales de cada uno de sus miembros. Tal y como nos lo recuerda una Y otra vez Anthony Giddens, en la actualidad, todos estamos comprome tidos en la "política de vida"; somos "seres reflexivos" que observan con atención cada movimiento que hacen, que rara vez están satisfechos con sus resultados y que siempre están deseosos de rectificarlos.

No obstan te, de alguna manera esa reflexión no logra alcanzar los complejos me canismos que conectan nuestros movimientos con sus efectos y que deciden sus resultados, y menos aun las condiciones que hacen que esos mecanismos jueguen con total libertad. Estamos quizá mucho más "pre dispuestos críticamente", más atrevidos e intransigentes en nuestra críti ca de lo que nuestros ancestros pudieron estarlo en su vida diaria, pero nuestra crítica, por así decirlo, "no tiene dientes", es incapaz de produ EMANCIPACIÓN 29 cir efectos en el programa establecido para nuestras opciones de "políti cas de vida".

Como nos previniera Leo Strauss hace ya largo tiempo, la libertad sin precedentes que nuestra sociedad ofrece a sus miembros ha llegado acompañada de una impotencia también sin precedentes. A veces escuchamos la opinión de que la sociedad contemporánea (que aparece bajo el nombre de "sociedad moderna tardía o posmoder na", la "sociedad de la segunda modernidad" según Ulrich Beck o, como yo prefiero llamarla, la "sociedad de la modernidad líquida") es poco hospitalaria con la crítica. Esa opinión parece perder de vista la natura leza del cambio actual presuponiendo que el propio significado de "hos pitalidad" permanece inalterable a través de sucesivas etapas históricas.

El punto es, sin embargo, que la sociedad contemporánea ha dado al "ser hospitalario con la…

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