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Examen de Lengua Castellana y Literatura II PAU Valencia 2026 · Ordinaria
Examen de Lengua Castellana y Literatura II de Selectividad de Valencia (PAU) 2026, Ordinaria (junio): 10 problemas con solución. Con corrección al momento.
Temas del examen: Comprensión del texto: resumen e idea principal · Producción: texto argumentativo de 200-300 palabras · Sintaxis: funciones sintácticas y oraciones compuestas · Morfología: estructura y formación de palabras · Modalización: marcas de subjetividad del emisor · Cuentos de Emilia Pardo Bazán
Ejercicio I.1 - Comprensión · Comprensión del texto: resumen e idea principal
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
B LOQUE I. C OMUNICACIÓN ESCRITA (4 puntos)
I.1. Comprensión (2 puntos)
I.1.1. Breve resumen del contenido del texto (1 punto).
I.1.2. Resuma, en un máximo de dos líneas, cuál es, a su juicio, la idea principal que se expone en este artículo de opinión (1 punto).
Ejercicio I.2 - Producción · Producción: texto argumentativo de 200-300 palabras
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
I.2. Producción (2 puntos)
1.2.1. Argumente sobre la siguiente cuestión: ¿La vergüenza hacia los padres es una parte inevitable de la adolescencia o depende de otros factores? Escriba para ello un texto de entre 200 y 300 palabras en registro formal.
Ejercicio II.1.1 · Sintaxis: funciones sintácticas y oraciones compuestas
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.1 Sintaxis (1 punto)
II.1.1. En las oraciones “ Te lo indican cuando alguien se muere o se va de casa ” (l. 4-5) y “ Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico ” (l. 8) indique qué valor sintáctico tiene “se” en ellas. Justifique su respuesta mediante criterios lingüísticos.
Ejercicio II.1.2 · Sintaxis: funciones sintácticas y oraciones compuestas
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.1 Sintaxis (1 punto)
II.1.2. Indique qué clase de proposiciones componen la siguiente oración compuesta y a qué tipo pertenecen: “ Tenía que pasar y pasó, porque es la ley de vida, esa expresión horrible que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento ” (l. 2-3). Razone cuál es la función sintáctica de los dos “ que ” en la oración.
Ejercicio II.1.3 · Sintaxis: funciones sintácticas y oraciones compuestas
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.1 Sintaxis
II.1.3. En la siguiente oración: “[...] eres esa señora mayor que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado ” (l. 8-9), analice la función sintáctica de los infinitivos y gerundios y justifique su respuesta.
Ejercicio II.2.1 · Morfología: estructura y formación de palabras
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.2. Morfología
II.2.1. Identifique dos palabras del texto (que no sean verbos) en las que en cada una de ellas haya un sufijo diferente. Diga qué significado aporta cada sufijo a cada una de las palabras y ofrezca otras dos palabras (de fuera del texto) que contengan esos mismos sufijos.
Ejercicio II.2.2 · Morfología: estructura y formación de palabras
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.2. Morfología
II.2.2. Analice la estructura interna de la palabra “ norteamericana ” (l. 1) descomponiéndola en sus formantes morfológicos básicos e indicando expresamente el tipo de morfemas que se advierten en ella. A continuación, señale la categoría léxica a la que pertenecen (sustantivo, adverbio, etc.) y la clase en la que se incluyen según su proceso de formación (simple, derivada, etc.).
Ejercicio II.2.3 · Morfología: estructura y formación de palabras
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.2. Morfología
II.2.3. “ Envejecimiento ” (l. 3), “ acompañado ” (l. 9), “ dedicación ” (l. 13), “ adolescente ” (l. 25) ¿Cuál (o cuáles) de estas palabras posee un prefijo y qué valor aporta? Justifique su respuesta con alguna prueba lingüística.
Ejercicio II.3.1 · Modalización: marcas de subjetividad del emisor
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.3. Modalización (1 punto)
II.3.1. Extraiga dos expresiones del texto que pertenezcan a un registro coloquial y explique cuál es la razón de su uso para la modalización.
Ejercicio II.3.2 · Modalización: marcas de subjetividad del emisor
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.3.2.
¿Qué figuras retóricas son las expresiones “ casilla de salida ” (l. 6-7) y “ mides las palabras ” (l. 12)? Explique el significado de cada una de ellas en el contexto en que aparecen y justifique su importancia para la modalización desplegada por la autora.
Ejercicio II.3.3 · Modalización: marcas de subjetividad del emisor
Soltar la mano
  Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara
la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible
que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que
sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se
5 muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque
se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de
salida.
  Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor
que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes
10 una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros
al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
  Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una
mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar
por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago
15 de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su
mirada dirigida siempre al lado contrario.
  Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo,
imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es
lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar
20 seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar,
acompañar sin ser molesta.
  Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que
se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente,
un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas
25 de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha
sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la
absoluta certeza del regreso.
Pilar Galán Rodríguez, Información, 01-02-2026
II.3.3.
¿Por qué se utilizan los paréntesis en la frase “ (siempre son los hijos los que empiezan) ” (l. 23)? ¿Qué importancia puede tener su empleo para la modalización del texto?
Ejercicio III.1 · Cuentos de Emilia Pardo Bazán
Texto
EL TESORO
–Bueno, ya sé que no debo abrir ni romper ese cofrecito. Corriente: no lo abriré, ni lo romperé. Pero ¿y si Dios quiere que se abra solo? Lo que es entonces…, entonces sí que, pese a quien pese, me entero de lo que hay guardado en él. ¿Se abrirá? Dios mío, ¡que se abra! La estantigua del brujo aquel me dijo que el cofre encierra mi inocencia. Eso precisamente es lo que me hace rabiar. Si me hubiese dicho que encerraba una flor, una alhaja, una mariposita, una cinta, un pomo de esencia…, ¡bah!, entonces, un comino se me importaría verlo. ¡Pero mi inocencia! Si no tuviese curiosidad, sería yo de palo. ¿Cómo será una inocencia? Nunca me enseñaron por ahí inocencia alguna. ¿Será verde? ¿Será azul? ¿Será colorada? ¿Será larga? ¿Será redonda? ¿Será linda? ¿Será horrible? ¿Pícara? ¿Tendrá veneno? ¿Será un gusano? ¿Será…? ¡Válgame Dios! ¡Pues si ya me ha levantado jaqueca la inocencia maldita!
En estos dares y tomares y cavilaciones y discursos andaba Inés, y todos venían a parar en ganas de mandar a paseo las prohibiciones del mágico y abrir el cofrecillo, en vista de que ninguna probabilidad tenía a su favor la hipótesis de que solo y por su propia virtud se abriese. No obstante, el recelo la contenía y el encantado cofre permanecía intacto.
III.1.
El texto pertenece al cuento “El tesoro”, que a su vez forma parte de la serie Cuentos nuevos (1894). ¿Cuál es el tema principal de este relato? ¿Nos encontramos ante un cuento romántico, naturalista o modernista? Responda y justifique por qué. Hallará en el relato una narrativa onírica, alegórica y simbólica en la que todo representa algo. A partir de esta idea, describa a la protagonista. ¿Qué sabemos de ella? Responda a todo en un máximo de 12 líneas.
Ejercicio III.2 · Cuentos de Emilia Pardo Bazán
Texto
EL TESORO
–Bueno, ya sé que no debo abrir ni romper ese cofrecito. Corriente: no lo abriré, ni lo romperé. Pero ¿y si Dios quiere que se abra solo? Lo que es entonces…, entonces sí que, pese a quien pese, me entero de lo que hay guardado en él. ¿Se abrirá? Dios mío, ¡que se abra! La estantigua del brujo aquel me dijo que el cofre encierra mi inocencia. Eso precisamente es lo que me hace rabiar. Si me hubiese dicho que encerraba una flor, una alhaja, una mariposita, una cinta, un pomo de esencia…, ¡bah!, entonces, un comino se me importaría verlo. ¡Pero mi inocencia! Si no tuviese curiosidad, sería yo de palo. ¿Cómo será una inocencia? Nunca me enseñaron por ahí inocencia alguna. ¿Será verde? ¿Será azul? ¿Será colorada? ¿Será larga? ¿Será redonda? ¿Será linda? ¿Será horrible? ¿Pícara? ¿Tendrá veneno? ¿Será un gusano? ¿Será…? ¡Válgame Dios! ¡Pues si ya me ha levantado jaqueca la inocencia maldita!
En estos dares y tomares y cavilaciones y discursos andaba Inés, y todos venían a parar en ganas de mandar a paseo las prohibiciones del mágico y abrir el cofrecillo, en vista de que ninguna probabilidad tenía a su favor la hipótesis de que solo y por su propia virtud se abriese. No obstante, el recelo la contenía y el encantado cofre permanecía intacto.
III.2.
¿Quién habla en el texto? Comprobamos que el primer párrafo está escrito en primera persona, pero ¿se trata del punto de vista narrativo de todo el relato o de un monólogo interior ocasional que excepcionalmente se incluye en la historia? Justifique las respuestas. Responda en un máximo de 8 líneas.
Ejercicio III.3 · Cuentos de Emilia Pardo Bazán
Texto
EL TESORO
–Bueno, ya sé que no debo abrir ni romper ese cofrecito. Corriente: no lo abriré, ni lo romperé. Pero ¿y si Dios quiere que se abra solo? Lo que es entonces…, entonces sí que, pese a quien pese, me entero de lo que hay guardado en él. ¿Se abrirá? Dios mío, ¡que se abra! La estantigua del brujo aquel me dijo que el cofre encierra mi inocencia. Eso precisamente es lo que me hace rabiar. Si me hubiese dicho que encerraba una flor, una alhaja, una mariposita, una cinta, un pomo de esencia…, ¡bah!, entonces, un comino se me importaría verlo. ¡Pero mi inocencia! Si no tuviese curiosidad, sería yo de palo. ¿Cómo será una inocencia? Nunca me enseñaron por ahí inocencia alguna. ¿Será verde? ¿Será azul? ¿Será colorada? ¿Será larga? ¿Será redonda? ¿Será linda? ¿Será horrible? ¿Pícara? ¿Tendrá veneno? ¿Será un gusano? ¿Será…? ¡Válgame Dios! ¡Pues si ya me ha levantado jaqueca la inocencia maldita!
En estos dares y tomares y cavilaciones y discursos andaba Inés, y todos venían a parar en ganas de mandar a paseo las prohibiciones del mágico y abrir el cofrecillo, en vista de que ninguna probabilidad tenía a su favor la hipótesis de que solo y por su propia virtud se abriese. No obstante, el recelo la contenía y el encantado cofre permanecía intacto.
III.3.
En el contexto alegórico en el que se desarrolla el cuento, ¿qué simboliza el cofre? ¿Qué representa el brujo? ¿En qué detalles del relato observamos el enfoque feminista de Emilia Pardo Bazán? En síntesis, ¿cuál es la crítica social de la narración? Responda razonadamente a todas las cuestiones en un máximo de 12 líneas.
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