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Examen de Lengua Castellana y Literatura II PAU País Vasco 2025 · Ordinaria
Examen de Lengua Castellana y Literatura II de Selectividad de Euskadi (PAU/EAU) 2025, Ordinaria (junio): 9 problemas con solución. Temas: Resumen del texto.
Temas del examen: Resumen del texto · Finalidad e ideas del texto (test) · Texto argumentativo de opinión · Léxico: significado de palabras en contexto · Género textual, registro y subjetividad · Gramática: categorías y oraciones del texto · Nada, de Carmen Laforet · Poesía de Antonio Machado
Pregunta 1 · Resumen del texto
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
1. Resuma el contenido del texto con una extensión de unas 100 palabras. (1 punto)
Pregunta 2A · Finalidad e ideas del texto (test)
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
2A. Elija la opción que refleja más fielmente la finalidad del texto. (1 punto)
)
Pregunta 2B · Finalidad e ideas del texto (test)
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
2B. Según el contenido del texto, indique qué afirmaciones de las que figuran a continuación son verdaderas (puede haber más de una verdadera). (1 punto)
)
Pregunta 3 · Léxico: significado de palabras en contexto
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
3. Explique el significado de las siguientes palabras o expresiones que figuran en el texto de Rosa Montero. Se podrá responder con un sinónimo o con una definición. Si se responde con más de un sinónimo, todos deben de ser adecuados en el contexto del artículo «El paquete». (Máximo 20 palabras por definición) [1 punto]
a)
b)
c)
d)
Pregunta 4 · Texto argumentativo de opinión
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
4. Elabore un texto en el que desarrolle una opinión personal relacionada con la temática del texto de Rosa Montero, argumentando a favor, en contra, o a favor y en contra. Se valorará la adecuación al registro, la coherencia y cohesión del texto, la riqueza léxica, la variedad sintáctica y la corrección ortográfica. (250 palabras) [2 puntos]
Pregunta 5A · Género textual, registro y subjetividad
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
5. Responda a una de las dos opciones (5A-5B)
5A.
Señale, al menos, dos rasgos de subjetividad en el texto de Rosa Montero “El paquete”. Razone su respuesta y ejemplifíquela con citas del propio texto. (80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto). [1 punto]
Pregunta 5B · Género textual, registro y subjetividad
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
5. Responda a una de las dos opciones (5A-5B)
5B.
Indique qué registro predomina en el texto “El paquete”. Razone su respuesta y ejemplifíquela con citas del propio texto. (80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto). [1 punto]
Pregunta 6 · Gramática: categorías y oraciones del texto
El paquete
La cosa empezó con una llamada de voz hará unos cuatro meses. Yo detesto
hablar por teléfono, una fobia por otra parte bastante común. Pero ese día, no
sé por qué, respondí. Era un aturullado repartidor de Amazon que decía no
encontrar mi casa. “La dirección es XXX, número X, piso tal, ¿no?”. Y sí, los
5 datos eran correctos, lo cual nos hizo pasar unos minutos de lío y desconcierto,
sin poder entendernos. “Estoy delante de una puerta blanca”, decía él, por
ejemplo. Pero ¿qué puerta blanca?, me pasmaba yo. “¿Entonces es un
chalet?, insistía el tipo. Pues no, aquí no hay ningún chalet, esto es el centro de
Madrid. Mi mención a la ciudad desbloqueó el embrollo: “¿Madrid? Yo estoy en
10 Villanueva del Pardillo”. Acabáramos, nos dijimos los dos. Un error inexplicable
y absurdo había llevado mi paquete, que por otra parte llevaba la dirección
exacta, código postal incluido, a un pueblo a 30 kilómetros de distancia que por
casualidad tenía una calle con el mismo nombre. Aclarado el asunto, hasta nos
hizo gracia. Enseguida recibí un correo automático de Amazon lamentando el
15 error en la entrega y diciendo que lo subsanarían en breve. Tres semanas
después recibí una llamada desde el mismo número. Era otro acongojado
repartidor que no encontraba mi casa en Villanueva del Pardillo. Casi un mes
más tarde, un tercer y abrumado mensajero terminó dándose de bruces con la
misma puerta blanca. Para entonces yo ya había escrito y telefoneado a
20 Amazon, desesperada. Pese a tener los números del envío que me dieron los
repartidores, es imposible localizar en mis pedidos o en el sistema de Amazon
el maldito paquete, cuyo contenido ignoro y que, pese a tener la dirección
perfectamente indicada, está empeñado en irse a Villanueva del Pardillo.
Esta mañana han llamado una vez más. El cuarto intento. Devuelva el paquete
25 al emisor, tírelo, haga lo que se le antoje con él porque yo no lo quiero, he
bramado. Pero estoy casi segura de que reaparecerá en unas pocas semanas.
Es como el cometa Halley del comercio electrónico. Ahora bien, ¿cómo puede
suceder algo así? ¿Cómo se puede cronificar un error inexplicable e imbécil
como este?, quizá os preguntaréis y desde luego me pregunto yo. Pues la
30 respuesta más probable me parece instructiva y algo amedrentante. Porque se
diría que en alguno de los entresijos cibernéticos de la inteligencia artificial que
rige y ordena el colosal follón de envíos de Amazon se ha colado el error de
asociar Villanueva del Pardillo a mi pobre paquete. O quizás la pifia haya
sucedido en el sistema automatizado del emisor. El caso es que, aunque la
35 dirección de la etiqueta esté bien, la maldita IA lo reenvía una y otra vez al
mismo erróneo sitio con la bruta ceguera de todas las inteligencias artificiales,
que, como se ve, pueden ser escalofriantemente lerdas. De lo que no cabe
duda es de que esto no habría pasado si hubiera habido más humanos en la
cadena de envíos. O habría sucedido tan solo una vez, y yo ya tendría aquí mi
40 enigmático paquete.
Todo esto me ha recordado al gólem, ya sabéis, esa leyenda medieval de
origen judío que habla de una criatura animada creada por el ser humano con
arcilla o piedra. Entiende órdenes y se mueve pero carece de alma, así que,
aunque es muy fuerte, no sabe hablar y no es inteligente. Hay varias versiones
45 de la leyenda, pero la más conocida atribuye su creación a Judah Loew, un
célebre rabino de Praga del siglo XVI. Y resulta que un día la esposa de Judah
le pidió al gólem que fuera al río y trajera agua, y la criatura se puso a ello con
tanto empeño y de forma tan persistente, que acabó inundando la ciudad y
originando una catástrofe. Y es que depender de la ayuda de un poder ciego
50 tiene sus riesgos. A ver, el asunto del paquete es una nadería, pero
imaginemos una IA que se ocupe de gestionar cuestiones más cruciales. En
Defensa, en Sanidad, en la regulación del tráfico aéreo, yo qué sé. Y que se
emperre en un error ilocalizable. Se me ponen los pelos de punta de pensarlo.
Claro que también es posible que detrás de esa misteriosa puerta blanca viva
55 yo. Es decir, otra yo. Tal vez sea el umbral de un universo distinto y paralelo.
Quizá el paquete venga del otro lado y por eso aquí no lo encuentran. Y puede
que tanto ir y venir esté abriendo la puerta. Buscadme en Villanueva del
Pardillo si desaparezco.
Rosa Montero, El País, 05/01/2025
6. Localice en el texto de Rosa Montero: [1 punto]
a)
b)
c)
d)
Pregunta 7A · Poesía de Antonio Machado
Soñé que tú me llevabas
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
5 hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
10 como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
15 ¡Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
Antonio Machado
7A. Indique si los siguientes enunciados, relacionados con los versos de Antonio Machado que figuran a continuación, son verdaderos (V) o falsos (F): (1 punto)
Pregunta 7B · Nada, de Carmen Laforet
Como era día de Navidad, Juan se sentía muy animado. Gloria empezó a comer trozos de turrón empleándolos como pan desde la sopa. La abuelita reía, dichosa, con la cabeza vacilante después de beber vino.
—No hay pollo ni pavo, pero un buen conejo es mejor que todo —dijo Juan.
Solo Román parecía, como siempre, lejos de la comida. También cogía trozos de turrón para dárselos al perro.
Teníamos semejanza con cualquier tranquila y feliz familia, envuelta en su pobreza sencilla, sin querer nada más.
Un reloj que se atrasaba siempre dio unas campanadas intempestivas y el loro se esponjó, satisfecho, al sol.
De pronto a mí me pareció todo aquello idiota, cómico y risible otra vez. Y sin poderlo remediar empecé a reírme cuando nadie hablaba ni venía a cuento, y me atraganté. Me daban golpes en la espalda, y yo, encarnada y tosiendo hasta saltárseme las lágrimas, me reía; luego terminé llorando en serio, acongojada, triste y vacía.
Fragmento de Nada. Carmen Laforet
7B. Indique si son verdaderas (V) o falsas (F) las siguientes afirmaciones, en relación con el fragmento y la obra de Carmen Laforet, Nada. [1 punto]
)
Pregunta 8A · Poesía de Antonio Machado
Soñé que tú me llevabas
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
5 hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
10 como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
15 ¡Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
Antonio Machado
8A. Explique, a partir del poema «Soñé que tú me llevabas» el simbolismo del sueño y del camino en la obra de Machado. (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto) [1 punto]
Pregunta 8B · Nada, de Carmen Laforet
Como era día de Navidad, Juan se sentía muy animado. Gloria empezó a comer trozos de turrón empleándolos como pan desde la sopa. La abuelita reía, dichosa, con la cabeza vacilante después de beber vino.
—No hay pollo ni pavo, pero un buen conejo es mejor que todo —dijo Juan.
Solo Román parecía, como siempre, lejos de la comida. También cogía trozos de turrón para dárselos al perro.
Teníamos semejanza con cualquier tranquila y feliz familia, envuelta en su pobreza sencilla, sin querer nada más.
Un reloj que se atrasaba siempre dio unas campanadas intempestivas y el loro se esponjó, satisfecho, al sol.
De pronto a mí me pareció todo aquello idiota, cómico y risible otra vez. Y sin poderlo remediar empecé a reírme cuando nadie hablaba ni venía a cuento, y me atraganté. Me daban golpes en la espalda, y yo, encarnada y tosiendo hasta saltárseme las lágrimas, me reía; luego terminé llorando en serio, acongojada, triste y vacía.
Fragmento de Nada. Carmen Laforet
8B. Explique, a partir del fragmento de Nada mostrado en 7B y utilizando citas del texto, las características del existencialismo presentes en la obra. (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto). (1 punto)
Pregunta 9A · Poesía de Antonio Machado
Soñé que tú me llevabas
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
5 hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
10 como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
15 ¡Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
Antonio Machado
9A. Explique cuál es la métrica del poema de Machado mostrado en 7A, «Soñé que tú me llevabas», y su división estructural en relación con su temática, utilizando citas del texto. (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto). [1 punto]
Pregunta 9B · Nada, de Carmen Laforet
Como era día de Navidad, Juan se sentía muy animado. Gloria empezó a comer trozos de turrón empleándolos como pan desde la sopa. La abuelita reía, dichosa, con la cabeza vacilante después de beber vino.
—No hay pollo ni pavo, pero un buen conejo es mejor que todo —dijo Juan.
Solo Román parecía, como siempre, lejos de la comida. También cogía trozos de turrón para dárselos al perro.
Teníamos semejanza con cualquier tranquila y feliz familia, envuelta en su pobreza sencilla, sin querer nada más.
Un reloj que se atrasaba siempre dio unas campanadas intempestivas y el loro se esponjó, satisfecho, al sol.
De pronto a mí me pareció todo aquello idiota, cómico y risible otra vez. Y sin poderlo remediar empecé a reírme cuando nadie hablaba ni venía a cuento, y me atraganté. Me daban golpes en la espalda, y yo, encarnada y tosiendo hasta saltárseme las lágrimas, me reía; luego terminé llorando en serio, acongojada, triste y vacía.
Fragmento de Nada. Carmen Laforet
9B. Explique, a partir de ejemplos extraídos del fragmento de Nada mostrado en 7B, cuál es el verdadero ambiente familiar que vive Andrea en la calle Aribau. (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto). (1 punto)
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