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Examen de Lengua Castellana y Literatura II PAU País Vasco 2024 · Extraordinaria

Examen de Lengua Castellana y Literatura II de Selectividad de Euskadi (PAU/EAU) 2024, Extraordinaria (julio): 9 problemas con solución. Gratis.

Temas del examen: Resumen del texto · Finalidad e ideas del texto (test) · Texto argumentativo de opinión · Léxico: significado de palabras en contexto · Género textual, registro y subjetividad · Gramática: categorías y oraciones del texto · Nada, de Carmen Laforet · La casa de Bernarda Alba, de Lorca

Problema 1 · Resumen del texto

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

1. Resuma el contenido del texto con una extensión de unas 100 palabras. (1 punto)

Ejercicio 2A · Finalidad e ideas del texto (test)

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

2A. Elija la opción que refleja más fielmente la finalidad del texto. (1 punto)

Ejercicio 2B · Finalidad e ideas del texto (test)

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

2B. Según el contenido del texto, indique qué afirmaciones de las que figuran a continuación son verdaderas (puede haber más de una verdadera). (1 punto)

✓.

Ejercicio 3A · Léxico: significado de palabras en contexto

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

3A. Busque en el texto de Arturo Pérez-Reverte una palabra o expresión cuyo sentido sea equivalente a las que figuran a continuación. (1 punto)

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Ejercicio 3B · Léxico: significado de palabras en contexto

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

3.B. Explique el significado de las siguientes palabras o expresiones que figuran en el texto de Arturo Pérez-Reverte. Se podrá responder con un sinónimo o con una definición. Si se responde con más de un sinónimo, todos deben ser adecuados en el contexto del artículo “Cuatro días sin móvil”. (Máximo 20 palabras por definición) [1 punto]

Problema 4 · Texto argumentativo de opinión

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

4. Elabore un texto en el que desarrolle una opinión personal relacionada con la temática del texto de Arturo Pérez-Reverte, argumentado a favor, en contra, o a favor y en contra. Se valorará la adecuación al registro, la coherencia y cohesión del texto, la riqueza léxica, la variedad sintáctica y la corrección ortográfica. (250 palabras) [2 puntos]

Ejercicio 5A · Género textual, registro y subjetividad

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

5A. Señale, al menos, tres rasgos de subjetividad en el texto «Cuatro días sin móvil». Ejemplifique su respuesta con elementos presentes en el texto. (80 palabras: no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto). [1 punto]

Ejercicio 5B · Género textual, registro y subjetividad

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

5B. Indique a qué género textual corresponde «Cuatro días sin móvil». Razone su respuesta y ejemplifíquela con citas del propio texto. (80 palabras: no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto). [1 punto]

Ejercicio 6A · Gramática: categorías y oraciones del texto

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

6A. Localice en el texto de Arturo Pérez-Reverte: [1 punto]

a)

b)

c)

d)

Ejercicio 6B · Gramática: categorías y oraciones del texto

CUATRO DÍAS SIN MÓVIL

Pues eso. Que subo al tren, emprendiendo un viaje de cuatro días, y al sentarme descubro que he

perdido el teléfono móvil. En un primer momento me quedo con cara de pringado, tocándome el

bolsillo mientras pienso no me lo puedo de creer, como se dice ahora. No puede ser, pero es. Me he

quedado sin móvil igual que me quedé sin padres y abuelos: huérfano comunicativo total. De todas

5 formas, acostumbrado a vivir desde jovencito con la certeza de que siempre acechan una piel de

plátano en el suelo, una pastilla de jabón en la ducha del presidio o un iceberg en la ruta del Titanic,

intento tomarlo con calma.

Para mi sorpresa, primero, y mi alivio, después, los estragos son mínimos. Eso es lo que concluyo

tras pensarlo un momento. Analfabeto tecnológico como soy, la parte de mi vida confiada al teléfono

10 móvil es poca. Si mi trabajo y mis necesidades fueran otras, sin duda estaría obligado, por imperativo

categórico o como se llame eso, a llevar en el bolsillo –o en la mano, como casi todos hacen ahora–

un smartfone, Android, iphone o como diablos se llamen los artefactos inteligentes que,

paradójicamente, tanto limitan la inteligencia del usuario. O sea, que acaban haciéndonos confiar a

ese chisme alma, corazón y vida, como canta el bolero, hasta extremos de dependencia drogadicta.

15 No utilizándolo para hacer mejor el mundo, que sería lo razonable y lo cuqui, sino para mirarlo -óptica

en extremo peligrosa– exclusivamente a través de él.

Mi teléfono habitual es un Nokia de vieja generación que sólo sirve para hablar por teléfono. Y que,

incluso cuando lo llevo encima, utilizo lo menos posible. Así que lo peor que puede pasar, que es lo

que ahora pasa, es que estaré unos días sin llamar por él, y -colmo de la felicidad feliz- sin que me

20 llamen. Soy afortunado, lo admito, porque mi trabajo y mi vida no se verán apenas afectados. Y en

cuanto a lo que pierdo con él, que en muchos casos sería una tragedia personal y profesional se

reduce, en el mío, a molestias menores. Nada había en el móvil que fuera imprescindible. De lo

único valioso, números con los que comunico habitualmente, tengo copia en casa, en una agenda

de papel que procuro llevar más o menos al día. Y en cuanto a no poder telefonear desde el tren,

25 tampoco es una peritonitis. Ya no hay cabinas públicas, es cierto; pero cuando llegue al hotel de la

ciudad a la que me dirijo podré usar el teléfono de mi habitación, ring, ring, ring de toda la vida. La

media docena de números fundamentales los llevo siempre anotados en una tarjeta, en el billetero.

Y los otros pueden esperar.

Así que, en fin. Gracias a este inconveniente, miro alrededor y siento el subidón moral, la íntima

30 chulería de sentirme -estoy siendo sarcástico, no me llamen prepotente ni fascista, que hiere mi

sensibilidad- el último hombre libre sobre la tierra. Porque estoy en un tren, de viaje, rodeado de gente

que habla por su teléfono móvil, y yo acabo de perder el mío pero sigo llevando encima cuanto

necesito. Por ejemplo, los billetes de tren impresos en casa desde el ordenador -he visto a

demasiados incautos bloqueados, dándole con desesperación al dedito en embarques de tren y

35 aeropuertos, incluso en las puertas de los cines-. También las tarjetas de crédito que me acompañan

van repartidas entre el billetero y la mochila, por si pierdo o me roban uno u otra, y además, llevo

encima una cantidad razonable de dinero en metálico, porque en este mundo de bancos sin personal,

cajeros presuntamente automáticos y bancos dirigidos por verdaderos hijos de puta que ni siquiera

garantizan tu seguridad, el plástico lo carga el diablo. Y además así nadie puede localizarme ni

40 hackearme. Que ésa es otra.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. Sé muy bien, porque no soy completamente gilipollas, que todo

esto, me refiero a mi relativo alivio de hoy, es sólo una trinchera temporal. Que poco a poco -es más

cómodo así, argumentan los sinvergüenzas y los idiotas-, a quienes intentamos mantenernos

relativamente libres nos acorralan sin alternativas, obligándonos a depender cada vez más de los

45 mecanismos suicidas que se adueñan del mundo. Pero oigan: arrieros somos. Nadie podrá

arrebatarnos la última carcajada cuando todo se vaya al carajo.

Arturo Pérez-Reverte (adaptado), XL Semanal, 10/12/2023

6B. Indique si las siguientes afirmaciones relacionadas con el texto de Arturo Pérez-Reverte son verdaderas o falsas: [1 punto]

.

Ejercicio 7A · Nada, de Carmen Laforet

Mi ropa interior y una cajita de hoja de lata acababan de completar el cuadro de todo lo que yo poseía en el mundo. En la caja encontré fotografías viejas, las alianzas de mis padres y una medalla de plata con la fecha de mi nacimiento. Debajo de todo, envuelto en papel de seda, estaba un pañuelo de magnífico encaje antiguo que mi abuela me había mandado el día de mi primera comunión. Yo no me acordaba de que fuera tan bonito y la alegría de podérselo regalar a Ena me compensaba muchas tristezas. Me compensaba el trabajo que me llegaba a costar poder ir limpia a la Universidad, y sobre todo parecerlo junto al aspecto confortable de mis compañeros. Aquella tristeza de recoser los guantes, de lavar mis blusas en el agua turbia y helada del lavadero de la galería con el mismo trozo de jabón que Antonia empleaba para fregar sus cacerolas y que por las mañanas raspaba mi cuerpo bajo la ducha fría. Poder hacer a Ena un regalo tan delicadamente bello me compensaba de toda la mezquindad de mi vida. Me acuerdo de que se lo llevé a la Universidad el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad y que escondí este hecho, cuidadosamente, a las miradas de mis parientes; no porque me pareciera mal reglar lo que era mío, sino porque entraba aquel regalo en el recinto de mis cosas íntimas del cual los excluía a todos. Ya en aquella época me parecía imposible haber pensado nunca en hablar de Ena a Román, ni aun para decirle que alguien admiraba su arte. Ena se quedó conmovida y tan contenta cuando encontró en el paquete que le di la graciosa fruslería, que esta alegría suya me unió a ella más que todas sus anteriores muestras de afecto. Me hizo sentirme lo que no era: rica y feliz. Y yo no lo pude olvidar ya nunca.

Carmen Laforet, Nada

7A. Indique si los siguientes enunciados, relacionados con el fragmento y la obra de Carmen Laforet, Nada, son verdaderos (V) o falsos (F):

Ejercicio 7B · La casa de Bernarda Alba, de Lorca

(Entra Adela)

MAGDALENA. ¿Te han visto ya las gallinas?

ADELA. ¿Y qué queríais que hiciera?

AMELIA. ¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!

5 ADELA. Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que

vamos a comer sandías a la noria. No hubiera habido otro igual.

MARTIRIO. Es un vestido precioso.

ADELA. Y que me está muy bien. Es lo mejor que ha cortado Magdalena.

MAGDALENA. ¿Y las gallinas qué te han dicho?

10 ADELA. Regalarme unas cuantas pulgas que me han acribillado las piernas

(risas).

MARTIRIO. Lo que puedes hacer es teñirlo de negro.

MAGDALENA. Lo mejor que puedes hacer es regalárselo a Angustias para la

boda con Pepe el Romano.

15 ADELA (Con emoción contenida). Pero Pepe el Romano...

AMELIA. ¿No lo has oído decir?

ADELA. No.

MAGDALENA. ¡Pues ya lo sabes!

ADELA. ¡Pero si no puede ser!

20 MAGDALENA. ¡El dinero lo puede todo!

ADELA. ¿Por eso ha salido detrás del duelo y estuvo mirando por el portón?

(Pausa) Y ese hombre es capaz de...

MAGDALENA. Es capaz de todo.

(Pausa)

25 MARTIRIO. ¿Qué piensas, Adela?

ADELA. Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida para

pasarlo.

MAGDALENA. Ya te acostumbrarás.

ADELA (Rompiendo a llorar con ira). No me acostumbraré. Yo no puedo estar

30 encerrada. No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras; no quiero

perder mi blancura en estas habitaciones; mañana me pondré mi vestido verde

y me echaré a pasear por la calle. ¡Yo quiero salir!

7B. Indique si los siguientes enunciados, relacionados con el fragmento y la obra de Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba, son verdaderos (V) o falsos (F): (1 punto)

Ejercicio 8A · Nada, de Carmen Laforet

Mi ropa interior y una cajita de hoja de lata acababan de completar el cuadro de todo lo que yo poseía en el mundo. En la caja encontré fotografías viejas, las alianzas de mis padres y una medalla de plata con la fecha de mi nacimiento. Debajo de todo, envuelto en papel de seda, estaba un pañuelo de magnífico encaje antiguo que mi abuela me había mandado el día de mi primera comunión. Yo no me acordaba de que fuera tan bonito y la alegría de podérselo regalar a Ena me compensaba muchas tristezas. Me compensaba el trabajo que me llegaba a costar poder ir limpia a la Universidad, y sobre todo parecerlo junto al aspecto confortable de mis compañeros. Aquella tristeza de recoser los guantes, de lavar mis blusas en el agua turbia y helada del lavadero de la galería con el mismo trozo de jabón que Antonia empleaba para fregar sus cacerolas y que por las mañanas raspaba mi cuerpo bajo la ducha fría. Poder hacer a Ena un regalo tan delicadamente bello me compensaba de toda la mezquindad de mi vida. Me acuerdo de que se lo llevé a la Universidad el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad y que escondí este hecho, cuidadosamente, a las miradas de mis parientes; no porque me pareciera mal reglar lo que era mío, sino porque entraba aquel regalo en el recinto de mis cosas íntimas del cual los excluía a todos. Ya en aquella época me parecía imposible haber pensado nunca en hablar de Ena a Román, ni aun para decirle que alguien admiraba su arte. Ena se quedó conmovida y tan contenta cuando encontró en el paquete que le di la graciosa fruslería, que esta alegría suya me unió a ella más que todas sus anteriores muestras de afecto. Me hizo sentirme lo que no era: rica y feliz. Y yo no lo pude olvidar ya nunca.

Carmen Laforet, Nada

8A. Explique la relevancia de la amistad con Ena para Andrea a lo largo de la novela Nada. (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto) [1 punto]

Ejercicio 8B · La casa de Bernarda Alba, de Lorca

(Entra Adela)

MAGDALENA. ¿Te han visto ya las gallinas?

ADELA. ¿Y qué queríais que hiciera?

AMELIA. ¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!

5 ADELA. Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que

vamos a comer sandías a la noria. No hubiera habido otro igual.

MARTIRIO. Es un vestido precioso.

ADELA. Y que me está muy bien. Es lo mejor que ha cortado Magdalena.

MAGDALENA. ¿Y las gallinas qué te han dicho?

10 ADELA. Regalarme unas cuantas pulgas que me han acribillado las piernas

(risas).

MARTIRIO. Lo que puedes hacer es teñirlo de negro.

MAGDALENA. Lo mejor que puedes hacer es regalárselo a Angustias para la

boda con Pepe el Romano.

15 ADELA (Con emoción contenida). Pero Pepe el Romano...

AMELIA. ¿No lo has oído decir?

ADELA. No.

MAGDALENA. ¡Pues ya lo sabes!

ADELA. ¡Pero si no puede ser!

20 MAGDALENA. ¡El dinero lo puede todo!

ADELA. ¿Por eso ha salido detrás del duelo y estuvo mirando por el portón?

(Pausa) Y ese hombre es capaz de...

MAGDALENA. Es capaz de todo.

(Pausa)

25 MARTIRIO. ¿Qué piensas, Adela?

ADELA. Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida para

pasarlo.

MAGDALENA. Ya te acostumbrarás.

ADELA (Rompiendo a llorar con ira). No me acostumbraré. Yo no puedo estar

30 encerrada. No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras; no quiero

perder mi blancura en estas habitaciones; mañana me pondré mi vestido verde

y me echaré a pasear por la calle. ¡Yo quiero salir!

8B. Explique la relevancia del vestido verde y del personaje de Adela en esta escena de La casa de Bernarda Alba (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto) (1 punto)

Ejercicio 9A · Nada, de Carmen Laforet

Mi ropa interior y una cajita de hoja de lata acababan de completar el cuadro de todo lo que yo poseía en el mundo. En la caja encontré fotografías viejas, las alianzas de mis padres y una medalla de plata con la fecha de mi nacimiento. Debajo de todo, envuelto en papel de seda, estaba un pañuelo de magnífico encaje antiguo que mi abuela me había mandado el día de mi primera comunión. Yo no me acordaba de que fuera tan bonito y la alegría de podérselo regalar a Ena me compensaba muchas tristezas. Me compensaba el trabajo que me llegaba a costar poder ir limpia a la Universidad, y sobre todo parecerlo junto al aspecto confortable de mis compañeros. Aquella tristeza de recoser los guantes, de lavar mis blusas en el agua turbia y helada del lavadero de la galería con el mismo trozo de jabón que Antonia empleaba para fregar sus cacerolas y que por las mañanas raspaba mi cuerpo bajo la ducha fría. Poder hacer a Ena un regalo tan delicadamente bello me compensaba de toda la mezquindad de mi vida. Me acuerdo de que se lo llevé a la Universidad el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad y que escondí este hecho, cuidadosamente, a las miradas de mis parientes; no porque me pareciera mal reglar lo que era mío, sino porque entraba aquel regalo en el recinto de mis cosas íntimas del cual los excluía a todos. Ya en aquella época me parecía imposible haber pensado nunca en hablar de Ena a Román, ni aun para decirle que alguien admiraba su arte. Ena se quedó conmovida y tan contenta cuando encontró en el paquete que le di la graciosa fruslería, que esta alegría suya me unió a ella más que todas sus anteriores muestras de afecto. Me hizo sentirme lo que no era: rica y feliz. Y yo no lo pude olvidar ya nunca.

Carmen Laforet, Nada

9A. Indique dos temas tratados en Nada, teniendo en cuenta los elementos incluidos en el fragmento mostrado en 7A. (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto) [1 punto]

Ejercicio 9B · La casa de Bernarda Alba, de Lorca

(Entra Adela)

MAGDALENA. ¿Te han visto ya las gallinas?

ADELA. ¿Y qué queríais que hiciera?

AMELIA. ¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!

5 ADELA. Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que

vamos a comer sandías a la noria. No hubiera habido otro igual.

MARTIRIO. Es un vestido precioso.

ADELA. Y que me está muy bien. Es lo mejor que ha cortado Magdalena.

MAGDALENA. ¿Y las gallinas qué te han dicho?

10 ADELA. Regalarme unas cuantas pulgas que me han acribillado las piernas

(risas).

MARTIRIO. Lo que puedes hacer es teñirlo de negro.

MAGDALENA. Lo mejor que puedes hacer es regalárselo a Angustias para la

boda con Pepe el Romano.

15 ADELA (Con emoción contenida). Pero Pepe el Romano...

AMELIA. ¿No lo has oído decir?

ADELA. No.

MAGDALENA. ¡Pues ya lo sabes!

ADELA. ¡Pero si no puede ser!

20 MAGDALENA. ¡El dinero lo puede todo!

ADELA. ¿Por eso ha salido detrás del duelo y estuvo mirando por el portón?

(Pausa) Y ese hombre es capaz de...

MAGDALENA. Es capaz de todo.

(Pausa)

25 MARTIRIO. ¿Qué piensas, Adela?

ADELA. Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida para

pasarlo.

MAGDALENA. Ya te acostumbrarás.

ADELA (Rompiendo a llorar con ira). No me acostumbraré. Yo no puedo estar

30 encerrada. No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras; no quiero

perder mi blancura en estas habitaciones; mañana me pondré mi vestido verde

y me echaré a pasear por la calle. ¡Yo quiero salir!

9B. Explique los rasgos principales de la relación entre las hijas de Bernarda Alba en la obra. (Aproximadamente 80 palabras; no se incluirán en el cómputo de las 80 palabras las citas del propio texto) (1 punto)

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